El Ser más Humano – Humanidad de Cristo I – (Jesucristo 6 de 11)

Introducción.

Hoy vamos a tocar la naturaleza humana de Cristo, su nacimiento humano, su desarrollo como ser humano, sus características humanas.

Jesucristo es verdaderamente hombre.

La Biblia testifica que además de su naturaleza divina, Cristo posee una naturaleza humana. El que se entienda bien esta enseñanza es de máxima importancia. Recordemos el ejemplo del primer tema, una creencia no es un monolito, si se comprende parcialmente o de forma incompleta, puede llevarnos a una cadena de consecuencias que acabarán con la fe minada, y una comprensión errónea de quién es Dios. Cristo vino a revelar a Dios, para que podamos relacionarnos plenamente con él. Esto también forma parte de la revelación.
Todo aquél que “confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios”, y todo aquél que no lo hace, “no es de Dios” (1 Juan 4:2, 3). El nacimiento humano de Cristo, su desarrollo, sus características y su testimonio personal, proveen abundantes evidencias de su humanidad. Esto es necesario para evitar, por un lado el arrianismo, enseñanza que no hace de Cristo uno con Dios, así como del gnosticismo y otros, que hacían de Cristo un ser no humano, del que se llegó a decir que cuando pisaba el polvo, no dejaba huellas, y que no parpadeaba.

Su nacimiento humano.

En el evangelio de Juan 1:14 leemos que “Aquél Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros”. En este caso, por “carne” debemos de entender “naturaleza humana”, es decir, que Cristo se hizo de carne como nosotros somos. O de otro modo, que Cristo pasó a tener otro cuerpo diferente, como el nuestro, y distinto al de su naturaleza divina. Sin dejar de ser Dios, Cristo se “encarnó”, se hizo hombre, un ser humano como nosotros.
Pablo dice en Gálatas 4:4 que “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer”. Este texto de Pablo corrobora el cumplimiento de la primera profecía mesiánica de toda la Biblia, que encontramos en el mismo jardín del Edén. En Génesis 3:15, donde Dios promete que de la descendencia de Eva, de la mujer, nacería el que aplastaría la cabeza de la Serpiente. Así que efectivamente, Cristo nació de una mujer, María.
Luego en Filipenses 2:7, 8 se nos aclara que Cristo “tomó forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo”. Cristo se humilló por el mero hecho de dejar su gloria celestial para venir a ser como uno de nosotros. Esto ya es una humillación, que el Creador venga a ser como sus propias criaturas. Esta manifestación de Dios en la naturaleza humana es del todo incomprensible para nosotros. Esto jamás lo terminaremos de comprender, por mucho que nos esforcemos, trasciende todo conocimiento humano y nuestra capacidad intelectual. Por eso pablo lo llama en 1 Timoteo 3:16 “el misterio de la piedad”. No deja de ser un misterio todo esto, pero eso sí, debido a la Piedad que Dios ha mostrado por el ser humano.
En la genealogía de Cristo, en Mateo 1:1, se hace referencia a él como el “Hijo de David”, así como “Hijo de Abraham”. Vimos en el tema de las profecías mesiánicas, que el Salvador prometido por Dios, debía ser descendiente de Abraham, así como descendiente del rey David. Siguiendo la línea de ascendencia, Cristo era del “linaje de David, según la carne”. No debemos de obviar que Jesús era Hijo de María, como todo niño nace de una mujer. La diferencia está en que ella era virgen, y este niño fue concebido de forma única y exclusiva. Fue por el Espíritu Santo que el Verbo vino al vientre de María. Hablamos de concepción, no de “engendramiento” en términos fisiológicamente humanos. Es decir, por obra del Espíritu Santo, el Verbo, que ya existía, tomó nueva forma de vida dentro del vientre de María, haciendo que ella “concibiese”, es decir, quedando en gestación desde ese momento con Aquél Santo Ser que ahora estaba dentro de ella. Cristo, gracias a María, desde el mismo principio de la encarnación, obtuvo verdadera humanidad, fue gestado y dado a luz como cualquiera de nosotros, pero no concebido como cualquiera de nosotros, pues ya existía de antes.

Su desarrollo humano.

Jesús estuvo sujeto a las leyes del desarrollo humano. Del registro bíblico de Lucas 2:40, 52 leemos que “el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría” y deducimos que tuvo un proceso de crecimiento común a todos los seres humanos. Eso sí, con el privilegio de tener una madre entregada a Dios, que lo educó de la mejor manera posible.
A la edad de los 12 años, que es la mayoría de edad religiosa para los judíos, (porque a partir de ese momento son responsables delante de Dios de leer y estudiar la Torah), en ese momento dio la primera evidencia de comprender su misión divina. Esto lo encontramos en Lucas 2:46-49, donde leemos: “Y aconteció que después de tres días le hallaron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que le oían estaban asombrados de su entendimiento y de sus respuestas. Cuando sus padres le vieron, se quedaron maravillados; y su madre le dijo: Hijo, ¿por qué nos has tratado de esta manera? Mira, tu padre y yo te hemos estado buscando llenos de angustia. Entonces Él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿Acaso no sabíais que me era necesario estar en la casa de mi Padre?”
A pesar de esa madurez, de esa mayoría de edad religiosa, Jesús seguía siendo un niño sujeto a sus padres, como dice en el versículo 51 del mismo capítulo: “Y descendió con ellos y vino a Nazaret, y continuó sujeto a ellos. Y su madre atesoraba todas estas cosas en su corazón”.
Jesús tuvo que andar desde su nacimiento el camino que le llevaba a la cruz. Ese camino era en aumento de sufrimientos. Esto jugó un papel importante en el desarrollo de Jesús como ser humano, como dice en Hebreos 5:8 y 9 “Y, aunque era Hijo, a través del sufrimiento aprendió lo que es la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que lo obedecen”.
Ahora puede surgir una pregunta. ¿Podía Cristo ser sujeto a perfeccionamiento? Eso implicaría entonces que no era perfecto ¿no? Bueno, no exactamente así. El concepto de “perfección” en la Biblia tiene que ver más con idoneidad o capacitación para algo que con el atributo divino absoluto. Por supuesto el único perfecto es Dios. Y Cristo en tanto que Dios era perfecto. Pero en tanto que humano tenía algo que aprender.
¿En qué pudo ser perfeccionado entonces? Pues en comprender al ser humano en sus sufrimientos. Sólo así, pasando por las pruebas por las que nosotros pasamos, pero sin fallar ni caer en ellas, podría conocer de primera mano lo que sufrimos, lo que pensamos, lo que sentimos, y entonces, estar preparado, capacitado, perfeccionado, para poder ayudarnos. Como dice Hebreos 2:10: “Porque le convenía a Dios --por causa de quien y por medio de quien todas las cosas existen-- perfeccionar al Autor de la salvación de ellos, por medio de los padecimientos, para conducir a muchos hijos a la gloria”. Y en Hebreos 2:18 leemos: “Porque en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados”.
Este texto también nos confirma esa misma idea, que Cristo, tuvo que conocer por experiencia propia lo que era sufrir tentación para saber cómo ayudar al tentado, a ti y a mí. Otro texto clarificador es Hebreos 4:15 y 16: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado. Por tanto, acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna”.
Sin embargo, aunque experimentó desarrollo, no pecó. Es decir, afrontó todas y cada una de esas pruebas, sin haber pecado ni una sola vez. Por eso, porque pudo superar cada una de esas pruebas por experiencia propia, está en condiciones de ayudar a aquél que le pida ayuda para afrontar las tentaciones propias de cada uno.

Fue llamado Varón y Hombre.

Juan el Bautista y el propio apóstol Pedro hicieron referencia a Jesús llamándolo “Varón” (Juan 1:30; Hechos 2:22). Pablo, en Romanos 5:15 habla de “la gracia de un Hombre, Jesucristo”. En 1 Corintios 15:21 Jesús aparece como el Hombre que trajo “la resurrección de los muertos”. En 1 Timoteo 2:5 se nos habla del único mediador entre Dios y los hombres, “Jesucristo Hombre”.
Jesús se refirió a sí mismo como hombre, lo podemos leer en Juan 8:40: “Pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios”.
Jesús se llamó a sí mismo en 77 ocasiones “Hijo del Hombre”. Cuando en la Biblia leemos que Jesús usa el título Hijo de Dios, debemos notar que se está enfocando en la relación del Verbo encarnado, de Jesucristo, con el resto de la Divinidad. Por otro lado, cuando se usa el término o título “Hijo del Hombre”, está claro que se hace énfasis o se enfoca en su solidaridad con la raza humana, gracias a su encarnación. Cristo se identifica con el ser humano, muestra su proximidad a través de ese título.

Sus características humanas.

Dios hizo al hombre poco menor que a los ángeles, como leemos en Salmo 8:5. De forma similar, y teniendo el texto anterior en mente, leamos Hebreos 2:9: “Pero vemos a aquel que fue hecho un poco inferior a los ángeles, es decir, a Jesús”. Su naturaleza humana fue “creada” y no poseía poderes sobrehumanos. Dios creó, engendró de forma única el Cuerpo de Cristo en María.
Cristo debía ser verdaderamente humano, como se suele decir, “hecho de nuestra misma pasta”. Esto formaba parte de su misión. Ser hecho hombre requería que poseyera las características esenciales de la naturaleza humana. Por eso, como dice Hebreos 2:14, “participó de carne y sangre”. Cristo fue hecho en todo semejante a sus hermanos (Hebreos 2:17). Su naturaleza poseía las mismas susceptibilidades que los seres humanos: Hambre, sed, y ansiedad. En otras palabras, Cristo tuvo las debilidades “inocentes” del pecado. No es pecado tener sed, no es pecado tener hambre, no es pecado cansarse, no es pecado abrumarse ante una prueba. Pecado es otra cosa. Esas son las consecuencias del pecado en nuestra carne, y esas sí que las compartió Cristo con nosotros.
Aquí comienza una parte apasionante acerca de la naturaleza de Cristo. ¿Hasta qué punto fue semejante en todo con nosotros? Hoy no nos da tiempo de seguir, y debemos dejarlo para el próximo tema, donde sí que entraremos en profundidad con este tema.

Resumen.

Resumiendo, hoy hemos visto que su nacimiento fue normal, como uno de nosotros, aunque su “concepción” es única, de ahí el término unigénito visto en temas anteriores.
A Cristo le fue preparada una naturaleza humana, original pero semejante a la nuestra, tuvo que nacer, crecer y aprender por experiencia lo que es pasar por tentaciones y sufrimiento para poder ayudarnos comprendiéndonos mejor.
También fue llamado “Varón” e “Hijo del Hombre” haciendo referencia a su humanidad. Cristo se llamó a sí mismo “hombre”, refiriéndose a su naturaleza como la nuestra, identificándose con la raza humana.
Por otro lado, vemos que fue hecho poco menor que los ángeles, es decir, semejante a nosotros, y que en ese cuerpo que se le preparó, venían incluidas las consecuencias “inocentes” del pecado, como tener sed, cansarse, tener hambre, etc. Eso es consecuencia de la naturaleza caída del hombre, pero no es pecado en sí. Eso sí que lo compartió Cristo con nosotros.
El próximo tema tocaremos más a fondo hasta qué punto se identificó con la raza humana, veremos por qué a Jesús se le llama el segundo Adán, así como, si da tiempo, a ver cuál fue su experiencia con las tentaciones. ¡Feliz sábado!
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Cristo Divino II (Jesucristo 5 de 11)

Introducción.

El tema anterior comenzamos con la naturaleza de Cristo, y en concreto con su divinidad. Vimos que Jesús conserva los atributos divinos, como la omnisciencia, omnisapiencia, omnipotencia, omnipresencia, la inmutabilidad, la santidad, la eternidad, y su vida no heredada ni derivada. También hemos respondido a la pregunta sobre su “primogenitura”, viendo que no hace referencia a ser el primero de muchos, sino a su calidad de único, especial e irrepetible.
Hoy continuaremos con los atributos divinos de Cristo, como son los nombres divinos, su testimonio personal acerca del tema, su igualdad a Dios, su adoración como Dios y la necesidad de su divinidad para el plan de la salvación.

Nombres divinos.

Al igual que vimos con el Padre, los nombres revelan características de aquél a quien designan. Lo mismo sucede con el Hijo, con Jesucristo. Los nombres de Cristo revelan, entre otras cosas, su Divinidad. Por ejemplo, Emmanuel, es un nombre hebreo compuesto. En hebreo suena literalmente Im-anu-el. Im- es un prefijo hebreo que significa “con”, “junto a”. –anu- es el pronombre “nosotros”, del hebreo “anahnu”. El sufijo “–el” significa Dios. De ahí que Im (con) anu (nosotros) el (Dios), o “Dios con nosotros”. El nombre propio de Cristo ya nos indica que Él es “Dios con nosotros”, lo encontramos en Mateo 1:23.
Por otro lado, los creyentes se dirigían a él como el Hijo de Dios, sirva de ejemplo Marcos 1:1 donde leemos “Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”. Pero no eran los únicos, también los demonios se dirigían a Él así, como en Mateo 8:29 donde leemos: “Y gritaron, diciendo: ¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes del tiempo?”
A Jesús también se le aplica el nombre de Yavé, aplicado en el Antiguo Testamento a Dios. Mateo en su evangelio, capítulo 3, versículo 3 escribió “Pues éste es aquel de quien fue dicho por medio del profeta Isaías: Voz del que proclama en el desierto: “Preparad el camino del Señor; enderezad sus sendas”. Estas palabras las tomó de Isaías 40:3, donde en vez de Señor, literalmente dice “Voz que clama en el desierto: “¡Preparad un camino a Yavé; nivelad una calzada en la estepa a nuestro Dios!”
Otro texto de Isaías donde se hace referencia a Yavé Dios, es en Isaías 6:1-3, donde leemos. “El año en que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el Templo. Por encima de él había serafines. Cada uno tenía seis alas: con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies y con dos volaban. Y el uno al otro daba voces diciendo: “¡Santo, santo, santo, Yavé de los ejércitos! ¡Toda la tierra está llena de su gloria!”. En el evangelio de Juan 12:41 encontramos una referencia del apóstol a ese texto de Isaías, refiriéndose a Cristo. Dice así: “Isaías dijo esto cuando vio su gloria, y habló acerca de él”. Es decir, según Juan, Isaías en aquél texto estaba hablando de Jesucristo.

Su divinidad reconocida.

El apóstol Juan reconoce en Cristo a la Palabra eterna que se convirtió o fue hecha “carne”, como hemos leído ya en Juan 1:1 y 14. El apóstol Tomás, también se dirigió a Cristo reconociéndolo como “Señor mío y Dios mío” (Juan 20:28).
Pablo hizo referencia a Cristo en Romanos 9:5 llamándolo “Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos”. Y en Hebreos 1:8 y 10 se le reconoce como Dios y Señor de la creación.

Su testimonio Personal.

El propio Cristo atestiguó acerca de su divinidad, igualándose a Dios. En Juan 8:58 se presentó como “Yo Soy”, nombre con el que se presentaba Dios en el Antiguo Testamento. Llamaba a Dios “mi Padre”, en vez de “nuestro Padre”, como lo vemos en Juan 20:17 cuando dijo: “ve a mis hermanos y diles: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios”. Jesús hizo esa distinción de forma intencionada, haciendo notar que la relación entre Dios Padre y Dios Hijo es diferente a la de Dios y sus hijos o criaturas. Esta idea se ve reforzada en Juan 10:30 donde Jesús declaró: “Yo y el Padre, uno somos”. Con esta declaración, no sólo afirma esa relación especial, sino que era de una sustancia con el Padre, poseyendo los mismos atributos.

Se presume su igualdad con Dios.

En la fórmula bautismal, reflejada en Mateo 28:19 “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” se da por sentada la igualdad entre Jesucristo el Hijo, el Padre y el Espíritu Santo. En la bendición apostólica completa encontrada en 2 Corintios 13:14 dice: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros. Amén.” Esto denota la misma igualdad antes vista en la fórmula bautismal.
En otra ocasión, Pablo estaba hablando de los dones espirituales. Para clarificar el origen y concordia de los dones, habla de la unidad, soberanía y armonía de las tres personas de la Divinidad. Dice en 1 Corintios 12:4―6: “Ahora bien, hay diversidad de dones; pero el Espíritu es el mismo. Hay también diversidad de ministerios, pero elSeñor es el mismo. También hay diversidad de actividades, pero el mismo Dios es el que realiza todas las cosas en todos.”
En Hebreos 1:3 se describe a Cristo como “Él es el resplandor de su gloria y la expresión exacta de su naturaleza, quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder”. En otras versiones leemos “la imagen misma de su sustancia”. Cuando se le pidió que mostrase al Padre, Jesús respondió “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9).

Se lo adora como a Dios.

En más de una ocasión sus seguidores lo adoraron. Fue él mismo quien en ocasión de las tentaciones de Satanás en el desierto contestó: “Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás”, afirmando que sólo Dios es digno de ser adorado, y al único al que se debe adorar. Teniendo esto en mente, vemos que Jesús permitió y aceptó que le adorasen. Un ejemplo lo vemos en Mateo 28.17 “Cuando lo vieron, lo adoraron”. En Hebreos 1:6 leemos la orden “Adórenle todos los ángeles de Dios”. Pablo mismo también escribió en Filipenses 2:10 y 11: “para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”.
En otros textos de alabanza y bendición, se adjudica a Cristo “la gloria por los siglos de los siglos”, como en 2 Timoteo 4:18; Hebreos 13:21 y 2 Pedro 3:18.

Su naturaleza divina es necesaria.

Cristo reconcilió a Dios con la humanidad. En 1 Timoteo 2:5 se nos dice que “hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo”. Los seres humanos además necesitaban una revelación perfecta del carácter de Dios a fin de desarrollar una relación personal con él. Sólo hay que ver hoy en día, las personas que deambulan por la vida, y no conocen a Dios, sólo blasfeman su nombre, o le echan en cara el desastre de su propia vida. No pueden ni quieren relacionarse con el “dios” que el mundo conoce, o con el que Satanás les presenta. Es necesario tener un conocimiento correcto de quién y cómo es Dios, de su Amor por nosotros para querer y desear relacionarnos con él.
Cristo suplió esa necesidad de exhibir la gloria de Dios, como dice Juan 1:14: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito [único] del Padre), lleno de gracia y de verdad”. Jesús mismo dejó clara esta carencia por parte del ser humano, y mostró que él vino a suplirla. Lo leemos en Juan 1:18: “A Dios nadie lo ha visto jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él lo ha dado a conocer”. Posteriormente, en la oración sacerdotal, Jesús hablando con su Padre en oración afirma haber cumplido con tal objetivo. Esto está registrado en Juan 17:6 “He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra”. En la noche anterior a su entrega y muerte, Jesús afirmó: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9).
Cristo usó el poder divino para revelar el poder de Dios. Fue así como se dio a conocer como el Salvador del mundo, enviado por un Padre amante para sanar, restaurar y perdonar pecados. Pero, nunca usó el poder divino para ahorrarse ni una sola dificultad y sufrimiento personal. No evitó el pesar que habría pasado otro ser humano en su lugar, en circunstancias similares.
Verdaderamente, Jesucristo es uno con Dios el padre, en su naturaleza, su carácter y sus propósitos. Es Dios.

Resumen.

Hoy hemos visto que Jesucristo es Dios gracias al uso de los nombres divinos. Se le atribuyen textos de Isaías donde el que aparece es Yavé, y en el Nuevo Testamento es Cristo el identificado en esos textos. Los apóstoles reconocen y atestiguan su divinidad, tanto Juan en su evangelio, así como Pablo en sus epístolas, y demás.
El propio Señor Jesucristo dio testimonio personal de su divinidad, haciéndose igual a él, así como demostrar que verle a él era como ver al Padre. En el Nuevo Testamento se presume su igualdad con Dios, tanto en la fórmula bautismal, así como en bendiciones en nombre de las tres personas de la divinidad.
Se le adoró como a Dios, siendo que él mismo dijo que sólo se puede adorar a Dios. Consintió y aceptó esa adoración situándose igual a Dios. Y finalmente vimos que su naturaleza divina era necesaria para demostrar a los hombres quién y cómo es Dios, así como religar a los hombres con Dios, de ahí la palabra “religión”.
El próximo tema tocaremos su nacimiento humano, su desarrollo como ser humano, sus características, y demás.
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Cristo Divino I (Jesucristo 4 de 11)

Introducción.

Hoy tocaremos algo controvertido e interesante. ¿Hasta qué punto Cristo era hombre y hasta qué punto era Dios? Hoy veremos los atributos divinos de Cristo, lo cual lo identifican plenamente como Dios.
Otro aspecto que no se tiene en cuenta a veces son las prerrogativas divinas y los poderes divinos de los que Jesús hizo muestra estando entre nosotros. Hoy vamos a echar un vistazo a los textos que reflejan estas cuestiones, leeremos bastantes textos que nos hablarán de los atributos, las prerrogativas y los poderes de Jesús para poder identificarle.

Las dos naturalezas de Cristo.

Juan afirmó que el Verbo se hizo carne. La encarnación de Dios el Hijo es un misterio. Pablo llama a esto en 1ª Timoteo 3:16 “el misterio de la piedad”.
El Creador del Universo, de los mundos, Aquél en quien se manifestó la plenitud de la Deidad, se convirtió en el Niño impotente en el pesebre. Era muy superior a los ángeles, era igual al Padre en dignidad y gloria, y aún así, consintió en revestirse de humanidad. Volverse como uno de nosotros. Nunca podremos entender plenamente el significado de ese misterio, y sólo podremos entender lo suficiente guiados por el Espíritu Santo.
Al entrar en este tema, es necesario recordar aquél texto de Deuteronomio 29:29 “Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios, mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre”. Lo que es un misterio para nosotros, pertenece a Dios.

Jesucristo es verdaderamente Dios.

¿Qué evidencias tenemos de que Jesucristo es Divino? ¿Qué afirmó de sí mismo? ¿Reconocieron su divinidad sus contemporáneos?
Sus atributos divinos.
Cristo posee atributos divinos. Es omnipotente, es decir, lo puede todo. Según leemos en Mateo 28:18, el Padre le había concedido toda potestad en el cielo y en la tierra”.
Otro atributo divino es la Omnisciencia, es decir, el conocimiento de todo. Jesús también es Omnisciente. Testimonio de ello lo tenemos en el evangelio de Juan 2:25 donde se nos dice que Jesús no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre. Por otro lado, el apóstol Pablo dice en Colosenes 2:3, en Él “están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento”.
Otro atributo es la Omnipresencia, del que atestiguó cuando dijo: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20). Y en Mateo 18:20 leemos: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.
Aunque a la divinidad de Cristo le corresponde de forma natural el atributo de la Omnipresencia, en su encarnación el Hijo de Dios se ha limitado voluntariamente en este aspecto. Ha escogido ser omnipresente por medio del Espíritu Santo, como leemos en Juan 14:16-18: “Y yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce; pero vosotros lo conocéis, porque vive con vosotros y estará en vosotros. “No os dejaré huérfanos; volveré a vosotros”.
Otro aspecto de la Divinidad es la Inmutabilidad, es decir, que Dios no cambia. Esto también se aplica a Jesucristo, pues en Hebreos 13:8 leemos: “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy y por los siglos de los siglos”.
Su existencia suficiente, es decir, su vida no heredada o recibida queda clara cuando dijo que tiene vida en sí mismo (Juan 5:26). Hablando del mismo tema, el apóstol Juan afirmó en Juan 1:4 “En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”. Jesús mismo afirmó “Yo soy la resurrección y la vida” (Juan 11:25). Con estas palabras, Jesús estaba diciendo que en él se encuentra la vida original, que no proviene ni deriva de otra”. Él es la Fuente de vida de la que dependemos todos los seres vivos (nos guste o no).
La Santidad es parte de su naturaleza también. Durante la anunciación a María, el ángel le dijo: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1:35). Es un Ser Santo, ya de entrada diferente a los demás humanos. Los demonios, al ver a Jesús, en determinado momento exclamaron: “¡Ah! ¿Qué tienes con nosotros, Jesús Nazareno? Sé quién eres, el Santo de Dios” (Marcos 1:24).
Otro texto que nos indica más acerca de Cristo es 1 Juan 3:16 “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros” (1 Juan 3:16).
Otra característica es su eternidad. Ya el profeta Isaías le llamó “Padre Eterno” (Isaías 9:6). Miqueas, justo después de profetizar su nacimiento en Belén de Judá, afirmó que sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad (Miqueas 5:2). Pablo también explicó que su existencia es desde “antes de todas las cosas”. (Colosenses 1:17). Juan corrobora lo mismo en el inicio de su evangelio: “Éste era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:2, 3).
En este punto se suele hacer una observación. Se dice que si Jesús fue engendrado, y se le llama “primogénito” esto contradice su preexistencia, e incluso lo descalifica como igual a Dios. Pues bien, de entrada, la Biblia ya ha sido clara respecto a su preexistencia, con lo cual hace falta un poco más de atención para explicar esto. El hecho de que la Sagrada Escritura alude a Jesús llamándolo el “unigénito” y el “primogénito”, y que se haga referencia al día en que fue engendrado, no niega su naturaleza divina ni su existencia eterna. El término “unigénito”, usado en Juan 1:14; 1:18; 3:16 y en 1 Juan 4:9, se deriva de la palabra griega monogenes. El uso que se hace en la Biblia de esta palabra nos indica que su significado comprende la idea de “único” o “especial”, algo irrepetible. Esto hace referencia a una relación especial, algo sin igual, y no a un hecho cronológico como sería nacer el primero de muchos hijos.
Un ejemplo de esto está en Isaac, hijo de Abraham. A Isaac se le llama “hijo único” de Abraham, aunque sabemos que no fue así en el sentido físico, pues Abraham tuvo otro hijo, Ismael, que nació incluso antes que el propio Isaac. Isaac ni siquiera era su primogénito (lo encontraremos en Génesis 16:16; 21:1-21; 25:1-6).
Isaac era un hijo especialísimo, único en su género. ¿Por qué? Porque era el que iba a convertirse en el sucesor de Abraham, e iba a heredar las promesas que Dios hizo a su padre Abraham.
El comité sobre problemas de traducción bíblica en Washington declaró: “Cristo Jesús, el Dios preexistente, el divino Verbo, en su encarnación se convirtió en un sentido especialísimo en el Hijo de Dios, razón por la cual se lo designa “monogenes”, el único en su clase, absolutamente sin par en muchos aspectos de su ser y de su vida. Ningún otro hijo de la raza humana se mostró tan maduro, ni gozó de una relación tan inigualable con la Deidad, ni llevó a cabo una obra como la que él realizó. De modo que el término “monogenes” describe una relación existente entre Dios el Padre y Jesucristo el Hijo como Personas separadas de la Deidad. Esta es una relación que corresponde a la completa personalidad divino-humana de Cristo, en conexión con la economía del plan de Salvación”. (Review and Herald 1954, pág. 202).
De igual modo, cuando Cristo es llamado el “primogénito”, como en Hebreos 1:6, o en Romanos 8:29; Colosenses 1:15 y 18; Apocalipsis 1:5, el término no se refiere a un momento cronológico, es decir, a “ser el primero de”, sino que hace hincapié en un sentido de “ser importante” o ser “prioritario”.
En la cultura hebrea, el primogénito recibía los privilegios familiares. De este modo, Jesús, como primogénito entre los hombres, como ser especial entre los hombres, rescató todos los privilegios que el hombre había perdido frente a Satanás. Se convirtió en el nuevo Adán, en el nuevo “primogénito” o cabeza de la familia humana.
Cuando se hace referencia al día en que Jesús fue engendrado, se basa en un concepto similar a los del unigénito y primogénito. Dependiendo de su contexto, la predicción mesiánica que encontramos en Salmo 2:7 “Mi Hijo eres tú; yo te engendré hoy”, se refiere al momento de la encarnación de Jesús. También puede hacer referencia a su resurrección, como es el caso en Hechos 13:33. Y por último, puede hacer referencia a su entronización, como es el caso de Hebreos 1:3 y 5 donde se repiten las palabras del Salmo.
Sus prerrogativas y poderes divinos.
Las obras de Dios se le adjudican a Jesús. A Jesús se le identifica como el Creador, así en Juan 1:3 “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho”. También en Colosenses 1:16 “Porque en Él fueron creadas todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles e invisibles; ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades; todo ha sido creado por medio de Él y para Él”.
También se le identifica como el Sustentador o Preservador, el que mantiene todo lo creado. En la misma epístola a los Colosenses 1:17 leemos: “Todas las cosas en él subsisten”.
También puede levantar los muertos con su voz, así lo leemos en Juan 5:28, 29: “No os admiréis de esto, porque viene la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz, y saldrán: los que hicieron lo bueno, a resurrección de vida, y los que practicaron lo malo, a resurrección de juicio”.
También tiene la prerrogativa divina de ser el Juez que juzgará al mundo, así lo vemos en Mateo 25:31-32: “Pero cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los ángeles con Él, entonces se sentará en el trono de su gloria; y serán reunidas delante de Él todas las naciones; y separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos”.

Resumen.

Por hoy tenemos que dejarlo aquí. Hemos comenzado con la naturaleza de Cristo, y en concreto con su divinidad. Jesús conserva los atributos divinos, como la omnisciencia, omnisapiencia, omnipotencia, omnipresencia, la inmutabilidad, la santidad, la eternidad, y su vida no heredada ni derivada. También hemos respondido a la pregunta sobre su “primogenitura”, viendo que no hace referencia a ser el primero de muchos, sino a su calidad de único, especial e irrepetible.
El próximo tema continuaremos con los atributos divinos de Cristo, como son los nombres divinos, su testimonio personal acerca del tema, su igualdad a Dios, su adoración como Dios y la necesidad de su divinidad para el plan de la salvación.
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El GPS Divino (Jesucristo 3 de 11)


Introducción.

Hoy hablaremos de unas cuantas señales más que tienen que ver con el tiempo del ministerio y la muerte de Jesús, que también fue anunciado con antelación. De este modo reafirmaremos nuestra fe en el Mesías Cristo-Jesús. Dios inventó antes que el hombre moderno el “GPS”, e incluso era mejor que el actual, dado que los de ahora sólo nos llevan a un sitio en el “espacio”, mientras que el “GPS” de Dios nos lleva a un sitio en el “espacio y en el tiempo”.

El tiempo de su ministerio y su muerte.

Según el apóstol Pablo, en su epístola a los Gálatas 4:4 nos indica Dios envió a su Hijo al mundo, “cuando vino el cumplimiento de tiempo”. Jesucristo mismo hizo referencia al cumplimiento del tiempo al iniciar su ministerio sobre esta tierra. Así lo leemos en Marcos 1:15 donde se registran las palabras de Jesús “El tiempo se ha cumplido”. Estas menciones nos dicen algo, tuvo que haberse establecido previamente un plan cronológico, una agenda. Al cumplirse el tiempo, es decir, cuando llegase el momento o la hora de tocar esos puntos de agenda, se anunciase de esa manera, “el tiempo se ha cumplido”, o lo que es lo mismo, ha llegado la hora.
El anuncio de asuntos con antelación, son lo que llamamos profecías de tiempo. Así que el inicio del ministerio de Cristo, tuvo que estar en relación con alguna profecía de tiempo, y desde luego cumplirla según lo previsto, de lo contrario no se habría anunciado como “el tiempo se ha cumplido”.
Algo más de cinco siglos antes de Cristo, Dios usó al profeta Daniel para registrar una profecía que comprendía el momento del inicio del ministerio de Jesús en este mundo, así como su muerte.
El pueblo de Israel fue deportado a Babilonia, por el rey Nabucodonosor. El profeta Jeremías, en Jeremías 25:12 registró la promesa por parte de Dios, de librar al pueblo Israelita de las manos de Babilonia en 70 años. Cuando se estaba a punto de cumplir los 70 años de deportación, el profeta Daniel, cautivo allí en la corte de Babilonia, recibió una visión de parte de Dios. Le fue revelado que Dios había apartado un tiempo de prueba para los judíos y la ciudad de Jerusalén, correspondiente a 70 semanas proféticas. Durante ese tiempo de prueba, la nación debía ser fiel a Dios y cumplir el propósito para el que Dios había rescatado a ese pueblo de Egipto. Debían arrepentirse de todo el mal que habían hecho, apostatando y adorando a otros dioses. Debían prepararse y esperar la venida del Mesías.
En esa profecía se indica que se iba a perdonar los pecados, literalmente dice “expiar la iniquidad”, que es lo mismo. También se indica que se traería “justicia perdurable”. Estas afirmaciones nos indican que el Salvador debía aparecer durante ese período de setenta semanas proféticas. Lo encontramos en Daniel 9:7.
La profecía indica que el Mesías debería aparecer en siete semanas y sesenta y dos semanas, lo que es lo mismo, en sesenta y nueve semanas proféticas, que comenzaremos a explicar enseguida. El período profético debía comenzar a contar cuando saliese “la orden para restaurar y edificar Jerusalén” según Daniel 9:25. Después de la semana 69 se quitará la vida al Mesías, pero no será por sí mismo” (Daniel 9:26). Estas palabras indican su muerte vicaria, es decir, que moriría por otros, no por su propia culpa (porque no la tendría). Había de morir en la mitad de esa 70ava semana.
Para comprender el tiempo profético, hemos de tener en cuenta que 70 semanas son 70 veces 7 días, o lo que es lo mismo, 490 días proféticos. En la Biblia es muy común interpretar los días simbólicamente como años. Un ejemplo de ello lo tenemos en Números 14:34 “Conforme al número de los 40 días en que explorasteis la tierra, cargaréis con vuestras iniquidades durante 40 años: un año por cada día. Así conoceréis mi disgusto”. Dios mismo aplica el principio “día por año”. Otro texto es Ezequiel 4:6 “Cumplidos estos, te acostarás por segunda vez, ahora sobre tu lado derecho, y llevarás la maldad de la casa de Judá cuarenta días; día por año, día por año te lo he dado”.
Además de estas aplicaciones directas por el propio Dios, era común en la mentalidad semítica el intercambiar “día por año”. El capítulo 5 de génesis está repleto de ejemplos. En Génesis 5:4 y 5 dice: “Y los días de Adán después de haber engendrado a Set fueron ochocientos años, y engendró hijos e hijas. El total de los días que Adán vivió fue de novecientos treinta años, y murió”. Lo mismo sucede en el versículo 8 con Set, en los versículos 11, 14, 17, 20, 23, 27 y 31. Otro ejemplo que además también hace referencia a una profecía particular está en Génesis 6:3 donde Dios dijo: “Entonces el SEÑOR dijo: No contenderá mi Espíritu para siempre con el hombre, porque ciertamente él es carne. Serán, pues, sus días ciento veinte años”. Otros textos son Génesis 9:29; 11:32; 25:7; 35:28, 29; 47:28. En Levítico 25:8 leemos: “Y contarás siete semanas de años, siete veces siete años, de modo que los días de las siete semanas de años vendrán a serte cuarenta y nueve años”. Leyendo este texto, entendemos claramente que si siete semanas de años son 49 años, en Daniel 70 semanas (de días o años proféticos) son 490 años. Otros textos donde se aplica el mismo principio son: Deuteronomio 2:14; 1 Samuel 7:2; 2 Samuel 2:11; 1 Reyes 2:11; 11:42; 2 Reyes 20:6; 2 Crónicas 14:15; Isaías 23:15; 38:5 y 10; 65:20; Ezequiel 38:8; Malaquías 3:4.
Cuando en la literatura hebrea se hace poesía, es muy frecuente usar versos paralelos describiendo lo mismo pero usando sinónimos. En estos casos encontramos el paralelo entre día y año en los siguientes textos: Job 10:5; 15:20; 32:7; 36:11; Salmo 61:6; 77:5; 78:33; 90:9―10, 15; Proverbios 3:2; 9:11; 10:27; Eclesiastés 6:3; 12:1. Por lo visto hasta aquí, vemos que el principio “día por año” es de lo más natural dentro de la Biblia, no es una invención adventista ni una interpretación errónea como algunos han pretendido achacar a esta iglesia.
Volviendo a Daniel. Vemos que hay 70 semanas de años, o 490 años. Ese período profético debía comenzar con “la salida de la orden para restaurar y edificar a Jerusalén”. Históricamente, este decreto que concedió plena autonomía a los judíos, fue proclamado en el año 457 a.C. por el rey Artajerjes de Persia. El registro bíblico histórico de ello lo tenemos en el libro de Esdras capítulo 7:8, 12―26; y 9:9. Las fuentes extrabíblicas que nos hablan de las fechas del reinado de Artajerjes se pueden cotejar con las fechas de las antiguas olimpiadas, el Canon de Tolomeo, los papiros de Elefantina y en tabletas con escritura cuneiforme en Babilonia.
Según la profecía, el Mesías debería aparecer al inicio de la última semana, esto es, 490-7= 483 años después del 457 a.C. Esto nos lleva al año 27 de nuestra era, o d.C. En ese año Jesucristo fue bautizado por Juan el Bautista, y comenzó su ministerio público. Es decir, “apareció el Mesías”. La predicción fue exacta. En el momento de su bautismo, Jesús fue ungido con el Espíritu Santo. La palabra hebrea “Mesías” y la palabra griega “Cristo” significan lo mismo, “Ungido”. Por eso, fue Cristo mismo, quien después de su bautismo, es decir, de su ungimiento, predicó “El tiempo se ha cumplido” como leemos en Marcos 1:15. Si se lee el evangelio sin entender la profecía de Daniel, uno se pregunta, ¿qué tiempo se cumplió? ¿Qué quería decir Jesús? Y no encontrar respuesta. Pero entendiendo lo visto hasta ahora, se comprende perfectamente a qué se hace referencia. A la profecía de las 70 semanas.
A la mitad de la septuagésima semana, en la primavera del año 31 d.C. exactamente tres años y medio (tres días y medio) después del bautismo de Jesús, el Mesías hizo cesar el sistema de sacrificios, al morir él en la Cruz, auténtico Sacrificio por el pecador. El evangelio de Mateo, 27:51 registra que en el momento de la muerte de Cristo, se rasgó el velo del templo de arriba abajo, partiéndose en dos. Esto indicó el final del sistema de sacrificios en el templo, por decisión divina. El auténtico Cordero de Dios, acababa de morir, y los corderos que lo prefiguraban, ya no tenían que continuar siendo sacrificados.
La muerte de Cristo coincidió con la fiesta de la Pascua, en el momento exacto que tenía que acontecer. El apóstol Pablo lo señala así, en 1 Corintios 5:7 “Limpiad la levadura vieja para que seáis masa nueva, así como lo sois, sin levadura. Porque aun Cristo, nuestra Pascua, ha sido sacrificado”.
El tema anterior vimos muchas señales y profecías que indicaban quién era el Mesías, pero hoy hemos visto la más exacta y extensa. Dios mismo anunció con antelación, las fechas cuando el Mesías tendría que aparecer y morir. Jesucristo cumplió con todas ellas. Jesús es el único que puede identificarse plenamente como el Salvador del mundo, el Mesías anunciado siglos antes.

La resurrección.

La Biblia predecía no sólo la muerte del Salvador, como hemos visto. También nos anunciaba su resurrección. David mismo hizo referencia a la resurrección de Cristo, diciendo “que su alma no fue dejada en el sepulcro, ni su carne se corrompió” Salmo 16:10. Jesús resucitó a otros de los muertos, los evangelios recogen varios casos. Pero el poder de resucitarse a sí mismo confirma que él es el Salvador del mundo. Cristo afirmó en Juan 11:25 y 26: “Jesús le dijo: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?”
Tiempo después de su resurrección, dijo al apóstol Juan “No temas, yo soy el primero y el último, y el que vive, y estuve muerto; y he aquí, estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del Hades.” Estas palabras las registró el apóstol en Apocalipsis 1:17 y 18.

Resumen.

Hoy hemos repasado una de las profecías más importantes del libro de Daniel. Hemos repasado de forma amplia el principio de interpretación profético “día por año”, constatando que es más que usual en el mundo bíblico, y basado en bastantes textos que lo confirman.
Una vez entendido esto, la profecía de las 70 semanas nos apuntaba hacia el futuro, indicando con precisión la aparición del Mesías, el inicio de su ministerio, así como su muerte vicaria, en nuestro lugar, por nuestros pecados.
Sólo el auténtico Mesías prometido por Dios, cumpliría con todas esas profecías a la exactitud. El único que lo ha hecho sobradamente es Jesús de Nazaret, el Cristo, hijo de José y de María, nacido en Belén.
El próximo tema tocaremos algo controvertido e interesante. ¿Hasta qué punto Cristo era hombre y hasta qué punto era Dios?
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