Dios El Padre: Un Dios de Amor (3 de 3)

Un Dios de Amor (y 3).

Introducción.

En el tema anterior vimos a Dios como un Dios de Refugio, a quien acudir para buscar protección. También presentamos a Dios como un Dios perdonador, que hace “borrones, y cuentas nuevas”. Es un Dios bondadoso y fiel a pesar de nuestra infidelidad. Es un Dios que Salva y nos hace justicia y nos vengará cuando ya no haya más oportunidad de arrepentimiento. Es un Dios paternal, el mejor Padre que podremos jamás tener, y que nunca nos dejará y nunca fallará. En el tema de hoy vamos a ver cómo Jesús reveló al Padre en dos puntos, como un Dios que da desinteresadamente, y como un Dios de amor.

1. Dios el Padre en el Nuevo Testamento.

En el Nuevo Testamento, se nos revela al Padre como el Originador de todas las cosas, el Padre de todos los verdaderos creyentes, y en un sentido especialísimo, el Padre de Jesucristo.

1. EL PADRE DE TODA LA CREACIÓN.

Pablo identifica al Padre, distinguiéndolo de Jesucristo: “Sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas… y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él” (1 Corintios 8:6; ver Hebreos 12:9; Juan 1:17). El apóstol da el siguiente testimonio: “Doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda la familia en los cielos y en la tierra” (Efesios 3:14, 15).

2. EL PADRE DE TODOS LOS CREYENTES.

En los tiempos del Nuevo Testamento existe esta relación espiritual entre Padre e hijo, no ya entre Dios y la nación de Israel, sino entre Dios y el creyente como individuo. Jesús provee los parámetros que guían esta relación (Mateo 5:45; 6:6―15), que se establece cuando el creyente acepta a Jesucristo (Juan 1:12, 13).
Gracias a la redención que Cristo ha hecho, nosotros los creyentes somos adoptados como hijos de Dios. El Espíritu Santo facilita esta relación. Cristo vino para redimir “a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama ¡Padre!” (Gálatas 4:5, 6, ver Romanos 8:15, 16).

3. JESÚS REVELA AL PADRE.

Jesús, es decir, Dios el Hijo, nos proporcionó la revelación más profunda que se pueda tener de Dios el Padre. Lo hizo al venir en carne humana, a ser uno con nosotros y entre nosotros. Él era, y es, en la forma más literal, la autorrevelación de Dios, es decir, Dios revelándose a sí mismo a través de una de las personas de la Trinidad. Juan dice en su evangelio, capítulo 1 versículo 18: “A Dios nadie le vio jamás, el unigénito Hijo… él le ha dado a conocer”. Jesús dijo más adelante, en Juan 6:38 “He descendido del cielo”. Y en Juan 14:9 afirma: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”. Conocer a Jesús es conocer al Padre. Esto se entiende cuando dos personas han estado tanto tiempo juntas y son tan iguales, tan identificados el uno con el otro, que las terceras personas que podamos estar en compañía de uno o de otro, tendremos la sensación de estar ante la misma persona.
La epístola a los Hebreos hace énfasis en la importancia de esta revelación personal: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo… siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder” (Hebreos 1:1-3).
1. Un Dios que da
Jesús reveló que su Padre es un Dios generoso, que da en abundancia. Vemos su generosidad en el acto de dar durante la creación, en Belén y en el Calvario.
En el momento de la creación, el Padre y el Hijo actuaron juntos. Dios nos dio vida aún cuando sabía, porque Dios lo sabe todo, como vimos es Omnisapiente, nos dio vida aún cuando sabía que eso le iba a costar la vida de su Hijo. ¿Os imagináis a vosotros enviando a vuestro hijo a un lugar hostil, lleno de miseria, agresividad, enfermedad, corrompido, peligroso? ¿Dejaríais que vuestro hijo o hija fuese allí? Pues el Padre, aún sabiéndolo, consintió en que su Hijo fuese a un lugar así, nuestro mundo, y además sabía que eso le iba a costar la vida. ¡Debió ser dolorosísimo para el padre enviar a su hijo a este planeta! ¿Os imagináis lo que pudo haber sentido el Padre cuando vio a su Hijo dejar el lugar de honor en el cielo, dejar de ser adorado por los ángeles santos, de ser obedecido, para convertirse en un ser humano que nació en lo que hoy llamaríamos el sucio garaje de una pensión de pueblo? Eso eran los establos de entonces. Y en vez de un pesebre, hoy diríamos que lo acomodaron en un banco de herramientas de mecánico, con unos trapos limpios de esos que se usan para quitarse la grasa. ¿Qué pudo sentir el Padre al ver todo eso? ¿Qué pudo sentir el Padre cuando en este mundo a penas se le reconocía como lo que era, el Hijo de Dios? Aún más, ¿y cuando fue odiado por los hombres, maltratado, torturado, insultado y finalmente asesinado?
Es ahí, en el Calvario donde podemos conocer mejor al Padre. El Padre, siendo divino, sufrió el dolor de verse separado de su hijo, tanto en la vida, por dejar el cielo, como en la muerte. Precisamente por ser Dios, tuvo que vivir, tuvo que experimentar esto de forma muchísimo más intensa que cualquier ser humano con su propio hijo o hija. Además sufrió con Cristo en la misma medida en que sufrió Cristo en la cruz. ¿Qué mayor testimonio puede haber de un Padre que estimarnos tanto o más que a su propio Hijo?
2. Un Dios de amor
El tema favorito de Jesús era la ternura y el abundante amor de Dios. Jesús dijo “amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir el sol sobre buenos y malos y que hace llover sobre justos e injustos” (Mateo 5:44, 45). “Y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo; porque él es benigno para con los ingratos y malos. Sed, pues, misericordiosos como vuestro Padre que está en los cielos es misericordioso” (Lucas 6:35, 36).
Al humillarse cuando lavó los pies de sus discípulos, también se humilló para lavar los pies de aquél que le traicionaría momentos después, aún sabiendo que lo iba a entregar. Cuando observamos al Señor haciendo cantidad de milagros, dando de comer a aquella gran multitud de personas con apenas unos pocos panes y un par de peces, cuando contemplamos al que creó al ser humano abriendo el oído de los sordos para que puedan oír, cuando vemos al Verbo abriendo la boca de los mudos y desatando su lengua para que puedan hablar, cuando miramos a Aquél que es la Luz del mundo abriendo los ojos de los ciegos para que puedan ver la Luz, cuando nos fijamos en aquél que dio vida y movimiento a una estatua de barro en el Edén haciendo a los paralíticos andar de nuevo, cuando vemos al que creó todo lo bello sanando a los leprosos, cuando vemos al originador de la vida resucitando muertos, cuando vemos al Santo Ser sin pecado perdonando los pecados de los hombres, cuando observamos a Aquél que creó los espíritus echando fuera demonios, no podemos evitar ver al Padre mezclándose con los hombres, participando en cada uno de esos milagros, dándoles vida, liberándolos, otorgándoles esperanza, atrayendo la atención del ser humano sobre aquella tierra nueva ya restaurada y prometida que está por venir.
Cristo sabía que la única forma de llevar a las personas al arrepentimiento era revelarles el grandísimo y precioso amor de su Padre (Rom. 2:4).
Tres de las parábolas de Cristo se centran en desvelar el amor y la preocupación del Padre por la humanidad caída y perdida, en Lucas 15. La parábola de la oveja perdida enseña que la salvación viene a nosotros por iniciativa de Dios, y no porque nosotros podamos buscarlo a él. Así como un buen pastor cuida y se preocupa por sus ovejas, y llega a arriesgar su vida por una de ellas si se pierde o falta, de igual modo y en mayor medida Dios manifiesta su amor y su anhelo por salvar a cada pecador perdido, por cada uno de nosotros, por ti y por mí.
Esta parábola tiene un significado que trasciende más allá de nuestro mundo, de sus límites físicos. La oveja perdida representa el mundo rebelde a la voluntad de Dios, una miserable motita de polvo en medio del océano del universo. El mero hecho de que Dios entregase a su propio Hijo, lo más preciado en todo el Universo, sólo con el fin de restaurar a esos diminutos seres que habitan sobre la superficie de esa miserable motita de polvo, para traerles de nuevo al redil, al establo, a casa, nos dice que nuestro mundo caído es tan precioso, tan valioso a los ojos de Dios como el resto de toda su creación, nuestro mundo, tú y yo valemos a los ojos de Dios, tanto como los miles de millones de estrellas que hay en el Universo, en toda la creación.
Otra parábola es la parábola de la moneda perdida. Una mujer pierde una moneda, y barre toda la casa, la pone patas arriba, busca luz para ver en los rincones más oscuros y escondidos. Y una vez que ha encontrado la moneda, rápidamente comparte su alegría con las vecinas respirando aliviada y feliz.
Y qué decir de la parábola del hijo pródigo. En ella Jesucristo nos mostró el amor infinito del Padre que recibe de nuevo a aquél hijo joven que derrochó más que el dinero, la vida. Y vemos al Padre recibiéndolo de nuevo, dándole la bienvenida, haciendo fiesta mostrando alegría por ese hijo que ha regresado, que estaba muerto y ahora vive. En Lucas 15:7 Jesús dijo: “Os digo que del mismo modo habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento”. ¿Seremos capaces de imaginar todo el gozo que haya en el cielo cuando Jesucristo regrese por segunda vez a la tierra, y por fin todos los santos redimidos, los vivos transformados, y los muertos resucitados, seamos reunidos con nuestro Señor? Ese día será un grandísimo día de fiesta para los santos, los que vayamos a vivir con el Señor.
El nuevo Testamento nota la íntima participación que el Padre tiene en el retorno de su Hijo. Ante la segunda venida, los malvados claman a las montañas y las rocas diciendo: “Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquél que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero” (Apocalipsis 6:16). Esa será la cara triste de la moneda, pero no porque Dios así lo haya querido, sino porque esas personas habrán hecho su decisión con anterioridad, habiendo desperdiciado su oportunidad. Jesús dijo: “Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles” (Mateo 16:27). “Y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo” (Mateo 26:64).
Sin duda alguna, con el corazón palpitando de anhelo, el Padre anticipa la Segunda Venida, cuando los redimidos seamos finalmente llevados al hogar celestial, para siempre. Entonces se verá que su acto de enviar a “su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por él” (1 Juan 4:9) claramente no habrá sido en vano. Únicamente el amor abnegado e insondable puede explicar por qué, aunque éramos enemigos, “fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (Romanos 5:10). ¿Cómo podríamos rechazar tal amor, y rehusar reconocerle como nuestro Padre?
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Dios El Padre: Un Padre Celestial II (2 de 3)

Un Padre Celestial (2).

Lectura Bíblica: Salmo 125:2

Introducción.

La semana anterior repasamos algunos conceptos acerca del Padre corrigiendo algunos malos entendidos acerca de Él. Vimos que no estaba en una oposición al Hijo, sino que van en armonía, al igual que en Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento también están en armonía.
Consideramos a Dios como un Dios de Misericordia, que se goza en perdonar, pero que tampoco perdonaba ciegamente, sino que seguía manteniendo el sentido de la Justicia. También vimos al Dios del Pacto, es decir, un Dios deseoso de establecer relaciones con los seres humanos, y pactar con ellos. Por último analizamos al Dios Redentor, ese Dios que no queda impasible ante los problemas de sus criaturas, sino que se involucra en la vida de ellos para ayudarles. Quedaron seis puntos pendientes y vamos a abordarlos.

1. Conceptos acerca de Dios el Padre en el AT (2).

1. Un Dios de Refugio.

El Rey David consideraba a Dios como alguien en quien podemos encontrar refugio, tal y como se hacía en las ciudades de refugio que había en Israel en aquellos tiempos. Eran unas ciudades repartidas a lo largo y ancho del país, de forma más o menos equidistantes, a las que acudían corriendo aquellos fugitivos inocentes. Cuando alguien por accidente quitaba la vida de otra persona, la venganza era inminente y la familia acudiría a quitarle la vida también a él. Esto no está sancionado por la Biblia, por eso Dios estableció las ciudades de refugio, donde pudiesen acudir y refugiarse aquellos proscritos que eran inocentes.
El tema del refugio aparece muchas veces en los Salmos, describe tanto a Cristo como al Padre. La Deidad era un refugio para el Salmista. Por ejemplo, dice el Salmo 46:1 “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones”. Otro Salmo muy significativo es el Salmo 125:2 “Como Jerusalén tiene montes alrededor de ella, así Yavé está alrededor de su pueblo desde ahora y para siempre”.
El salmista expresa el anhelo de gozar más de la presencia de su Dios, por ejemplo el bonito Salmo 42: 1, 2 “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo”.
Por su propia vida, por su propia experiencia, David podía aconsejar lo que dejó escrito en el Salmo 55:22 “Echa sobre Yavé tu carga, y él te sustentará; no dejará para siempre caído al justo”. En el Salmo 62:8 nos dijo: “Esperad en él en todo tiempo, oh, pueblos; derramad delante de él vuestro corazón; Dios es nuestro refugio”. En Salmo 86:15 nos dirá que tenemos un “Dios misericordioso y clemente, lento para la ira, y grande en misericordia y verdad”.

2. Un Dios perdonador.

También David cometió graves pecados. Recordaremos la historia de Betsabé. David se encaprichó de ella, y finalmente logró tener relaciones con Betsabé. Ésta quedó encinta pero Urías, su esposo estaba en el frente de guerra, con lo cual, era evidente a todos el adulterio. David hizo traer a Urías para que se allegara a su esposa, y así poder disimular el fruto del adulterio. Urías, hombre entregado al rey y a Dios en cuerpo y espíritu, no quiso tocar a su esposa. Como el plan no tuvo efecto, David finalmente planea poner a Urías en lo más fiero del frente de batalla, para que cayese muerto, y así sucedió. David era un adúltero y asesino con premeditación y alevosía. Después de haber cometido tan terribles pecados, rogó a Dios con anhelo desde lo más hondo de su corazón: “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones… No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu Santo Espíritu” (Salmo 51:1, 11).
David se sintió reconfortado por la seguridad de que Dios es misericordioso. Lo ejemplificó en Salmo 113:11―14 “Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció su misericordia sobre los que le temen. Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones. Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Yavé de los que le temen. Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo”.

3. Un Dios de Bondad.

Según Salmo 146:7―9, Dios es quien “hace justicia a los agraviados, es quien da pan a los hambrientos. Yavé liberta a los cautivos; Yavé abre los ojos a los ciegos; levanta a los caídos, ama a los justos. Yavé guarda a los extranjeros; al huérfano y a la viuda los sostiene”. ¡Este es el cuadro que se nos presenta de Dios en el Antiguo Testamento! ¡Ese es el Padre!

4. Un Dios de fidelidad.

A pesar de la grandeza de Dios, su pueblo, Israel, pasó gran parte del tiempo apartado de Él. Sirva de ejemplo lo dicho en Levítico capítulo 26 donde Dios arengó al Pueblo y les avisó de las consecuencias de la obediencia y las consecuencias de la desobediencia a Él. Otro capítulo interesante es Deuteronomio 28, donde por última vez se repasa de nuevo el pacto que Dios hace con Israel de obediencia y protección divinas, y se contrasta con la desobediencia y la desprotección divinas.
Se describe la actitud de Dios hacia su pueblo como la de un esposo que ama a su esposa. Otro ejemplo lo tenemos en el libro del profeta Oseas, donde se ilustra en la propia experiencia del profeta el amor de Dios hacia su pueblo a pesar de ser infiel, y la continua disposición de Dios para perdonar. Esto revela su carácter de amor incondicional.
También es cierto que Dios, en su deseo de corregir la conducta de su pueblo, le permitió experimentar las calamidades causadas por su infidelidad, de todos modos lo abrazó con su misericordia. Esto se aplica a su pueblo a lo largo de todos los tiempos, incluso hoy a aquellos que le buscan. Dios aseguró en Isaías 41:9, 10: “Mi siervo eres tú; te escogí, y no te deseché. No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia”. Esa promesa también es para nosotros hoy.
A pesar de la infidelidad del antiguo Israel, Dios les prometió: “Y confesarán sus maldades, y las de sus padres, por su delito con que me fueron infieles… entonces se humillará su corazón incircunciso (no apartado) y reconocerán su pecado. Entonces yo me acordaré de mi pacto con Jacob, y asimismo de mi pacto con Isaac, y también de mi pacto con Abraham recordaré” (Levítico 26:40―42).
Dios recuerda a su pueblo su actitud redentora en Isaías 44:21 y 22 “Israel, no me olvides. Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí”. Hay motivos para que Dios diga: Mirad a mí, y sed salvos todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más” (Isaías 45:22).

5. Un Dios de Salvación y Venganza.

La descripción que el Antiguo Testamento hace de Dios como un Dios de venganza, hay que situarla en su contexto, esto es, en la destrucción de su pueblo fiel por los malvados. En el AT encontramos muchas veces las expresiones “el día de Yavé”, y ese día siempre se refiere al fin del tiempo, cuando Dios defienda a su pueblo de forma definitiva. Es un día de Salvación para los que creen en Dios y le hicieron entrega de su vida. Pero ese mismo día glorioso de salvación, de recompensa definitiva, también se recompensa, no sólo lo bueno, sino lo malo. Es el día de recompensa para los injustos, es el día de venganza sobre los enemigos del pueblo de Dios. Así se entiende el texto de Isaías 35:4 “Decid a los de corazón apocado: Esforzaos, no temáis; he aquí que vuestro Dios viene con retribución, con pago; Dios mismo vendrá y os salvará”.

6. Un Dios paternal.

Moisés, hablando a Israel se refirió a Dios llamándolo su Padre, que los había redimido: “¿No es él tu Padre que te creó?” (Deuteronomio 32:6). Por la redención, Dios adoptó a Israel como su hijo. Isaías escribió: “Ahora pues, Yavé, tú eres nuestro Padre” (Isaías 64:8, ver Isaías 63:16). Por medio de Malaquías, Dios afirmó su paternidad “El hijo honra al padre, y el siervo a su señor. Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? y si soy señor, ¿dónde está mi temor? dice Jehová de los ejércitos” (Malaquías 1:6). También en Malaquías, en este caso, capítulo 2 y versículo 10 se nos dice: “¿No tenemos todos un mismo Padre? ¿No nos ha creado un mismo Dios?”. Dios es nuestro Padre tanto por la Creación, como por la Redención.

Resumen

Hoy hemos visto a Dios como un Dios de Refugio, a quien acudir para buscar protección. También es un Dios perdonador, que hace “borrones, y cuentas nuevas”. Es un Dios bondadoso y fiel a pesar de nuestra infidelidad. Es un Dios que Salva y nos hace justicia y nos vengará cuando ya no haya más oportunidad de arrepentimiento. Es un Dios paternal, el mejor Padre que podremos jamás tener, y que nunca nos dejará y nunca fallará.
La próxima semana veremos cómo Jesús reveló al Padre en dos puntos, como un Dios que da desinteresadamente, y como un Dios de amor. Dios el Padre en el NT.¡Feliz Sábado!
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Dios El Padre: Un Padre Celestial I (1 de 3)

Un Padre Celestial (I).

Lectura Bíblica: Éxodo 34:6-7

Introducción.

¿Qué podemos decir de Dios el Padre?

1. Conceptos acerca de Dios el Padre.

Con demasiada frecuencia se comprende mal a Dios el Padre. Muchos conocemos la misión que Cristo vino a cumplir a este mundo a favor de la raza humana, y estamos al tanto del papel que el Espíritu Santo realiza en el individuo, pero ¿qué tiene que ver con nosotros el padre? ¿Está Él, en contraste con el Hijo, lleno de de bondad y el Espíritu, totalmente separado de nuestro mundo? ¿Es acaso el Amo ausente, la Primera Causa inamovible?
¿O será él, según algunos piensan, el “Dios del Antiguo Testamento”, un Dios de venganza, caracterizado por el dicho: “ojo por ojo, diente por diente”? Muchos piensan que Dios es exigente, que requiere conducta perfecta, bajo la amenaza de terribles castigos. Un Dios que ofrece un contraste absoluto con la descripción que hace el Nuevo Testamento de un Dios de Amor, el cual nos pide que volvamos la otra mejilla y que caminemos la segunda milla (Mateo 5:39―41).

2. Dios el Padre en el Antiguo Testamento.

No hay que olvidar que entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento hay una unidad, Dios busca la salvación del hombre y se la brinda gratuitamente. Es el mismo Dios quien habla y actúa en ambos testamentos, es el mismo Dios el que dice “Amad a vuestros enemigos” en Mateo, y el que dice “No quiero la muerte del que perece” (Eze. 18:32).
No en vano leemos en Hebreos 11:1―2: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo”. Es decir, el mismo Dios que se dirigía a los seres humanos en el AT, sigue haciéndolo igualmente en el NT, pero a través del Hijo. Estamos hablando del mismo Dios.
Si bien en el AT se hace alusión a la pluralidad de Dios, a las personas, no se distinguen sino en el NT. No obstante, el NT deja claro que Cristo, Dios el Hijo, fue el agente activo en la creación. En Juan 1:1―3 vemos que a Cristo, antes de la Encarnación, se le llama el Verbo, literalmente leemos: “1 En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. 2 Éste era en el principio con Dios. 3 Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho”. Y en Colosenses 1:16, hablando del Hijo, Pablo dice: “Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él.” También Pablo nos dice que Jesucristo, el Hijo, fue el Dios que sacó a Israel de Egipto, lo leemos en 1 Corintios 10:1―4: “1 Porque no quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube, y todos pasaron por el mar; 2 y en Moisés todos fueron bautizados en la nube y en el mar; 3 y todos comieron el mismo alimento espiritual; 4 y todos bebieron la misma bebida espiritual, porque bebían de una roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo.”
Lo que el NT declara acerca del papel que Cristo desempeñó en la Creación y en el Éxodo, sugiere que a menudo, en el AT las alusiones que se hacen describiendo a Dios el Padre, se hacen por medio del Hijo. Hay un texto muy conocido, y musicado por Haëndel en “el Mesías”. Ese texto es Isaías 9:6, donde hablando de la Navidad dice: “Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado, y la soberanía reposará sobre sus hombros; y se llamará su nombre Admirable Consejero, Dios Poderoso,Padre Eterno, Príncipe de Paz.” En 2 Corintios 5:19 también leemos: “que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo”.

El Antiguo Testamento describe al Padre en los siguientes términos:

Un Dios de Misericordia.

Ningún pecador ha visto jamás a Dios. Esto lo dijo el propio Dios a Moisés en Éxodo 33:20 “No puedes ver mi rostro; porque nadie puede verme, y vivir.” No tenemos ninguna fotografía de su rostro. Así que Dios demostró su misericordia a través de sus hechos. Dios mismo proclamó ante Moisés, según leemos en Exodo 34:6―7: “Entonces pasó el SEÑOR por delante de él y proclamó: El SEÑOR, el SEÑOR, Dios compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en misericordia y verdad; 7 el que guarda misericordia a millares, el que perdona la iniquidad, la trasgresión y el pecado, y que no tendrá por inocente al culpable; el que castiga la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos hasta la tercera y cuarta generación.” Respecto de este texto, hay que resaltar un aspecto más. Fíjate que dice que hace misericordia a millares, y sin embargo limita las consecuencias del pecado hasta unas pocas generaciones. Esto es entendible sabiendo que nuestro estilo de vida afecta a nuestros hijos, y aún a nuestros nietos. Literalmente, hasta la tercera y cuarta generación. Sin embargo, los efectos de la misericordia de Dios no se ven limitados a tan corto radio, sino a millares de seres. Otra forma de entenderlo es que hace millares de misericordias. Su misericordia no tiene límites.
Con todo, la misericordia no perdona ciegamente, sino que se deja guiar por el principio de la justicia. Los que rechazan la misericordia divina, cosechan el castigo de su error, sufren las consecuencias de su pecado. Conozco una historia, que ilustra este aspecto. Un muchacho en Estados Unidos, que solía llevar una vida ejemplar, un mal día perdió los estribos. El resultado de ese “mal rato” fue una muerte. Lo condenaron a muerte. Estando en el corredor de la muerte, y debido a su ejemplar vida anterior, el vecindario recogió gran cantidad de firmas pidiendo el indulto de aquel joven. El gobernador, recibió aquellas peticiones, grandes sacos llenos de cartas. Se conmovió ante la situación, y decidió indultar al joven muchacho. Con el indulto en el bolsillo, y vestido con sus atuendos de clérigo, su oficio además de ser gobernador, se dirigió al corredor de la muerte. Cuando al muchacho se le anunció una visita, y vio a un clérigo que se acercaba, le habló de forma inadecuada, le dijo que ya había recibido la visita de muchos como él, y que no quería oírle. El gobernador le insistió y le dijo que tenía buenas noticias para él. Pero el reo insistió en no querer verle. El gobernador, cabizbajo marchó de vuelta con el indulto en el bolsillo.
Al poco regresó el carcelero y le preguntó qué tal estaba después de haber hablado con el gobernador. El joven quedó sorprendido y preguntó: “¿Qué gobernador?” Entonces el carcelero le respondió: El clérigo que acaba de venir, ése era el gobernador, y traía tu indulto en el bolsillo.
El joven sintió desfallecer su corazón dentro de sí. Inmediatamente pidió lápiz y papel para escribir una carta al gobernador disculpándose por su conducta reprochable. Cuando aquella carta llegó a manos del gobernador, suspirando, le dio la vuelta y escribió en el envés: “No estoy interesado en el caso”.
Cuando el día de cumplir la condena llegó, se le hizo la típica pregunta: “¿Unas últimas palabras?”.
El joven respondió: “Quiero que todo el mundo sepa que no voy a morir por haber asesinado a alguien, sino por haber rechazado el perdón que me devolvía la vida”.
Sucede lo mismo con la misericordia de Dios. Dios nos perdona, y nos quiere dar la vida eterna. Pero si nos empecinamos en rechazar a Dios, en no aceptar ese perdón, nos alcanzará la consecuencia de nuestro pecado. Dios pasará de ser nuestro abogado a ser nuestro juez, cuando no haya más vuelta atrás. Aún hoy hay esperanza, y si oyes la voz de Dios a través de este mensaje, no lo desprecies. No tengas prejuicios como los tuvo aquel joven, acepta al Señor y el perdón que te brinda.
En el desierto del Sinaí, Dios expresó su deseo de ser amigo de Israel, y de estar con su pueblo. Por eso le dijo a Moisés: “Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos” (Éxo. 25:8). Por cuanto el santuario era la morada de Dios en la tierra, se convirtió en el punto focal de la experiencia de Israel.

El Dios del Pacto.

Dios estaba ansioso de establecer, por fin, relaciones duraderas con su pueblo. Dios hizo pactos solemnes con personas como Noé, lo podréis leer en Génesis 9:1-17, o con Abraham, que se encuentran en Génesis 12, 13, 15, 17 y 22. En estos pactos, podemos ver a un Dios personal, amoroso, que se interesa en las situaciones por que pasa su pueblo. A Noé le dio la seguridad de que habría estaciones regulares, lo podemos leer en Génesis 8:22: “Mientras la tierra permanezca, la siembra y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, el día y la noche, nunca cesarán.” También le prometió que no habría otro diluvio universal. En Génesis 9:11 leemos: “Yo establezco mi pacto con vosotros, y nunca más volverá a ser exterminada toda carne por las aguas del diluvio, ni habrá más diluvio para destruir la tierra.”
A Abraham le prometió numerosos descendientes, y una tierra en la que podría morar.

El Dios redentor.

En el Éxodo, Dios guió milagrosamente a una nación de esclavos hasta la libertad. Este gran acto redentor constituye el telón de fondo de todo el Antiguo Testamento, y nos da un ejemplo del anhelo que Dios siente en ser nuestro Redentor. Dios no es un ser distante y desconectado de la realidad humana. Dios se interesa por nosotros, además de forma personal. Se involucra en nuestros asuntos.
Los Salmos de forma especial, fueron inspirados por la profundidad de esa involucración divina en nuestro vivir. Por ejemplo, Salmo 8:3―4 dice: “3 Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú has establecido, 4 digo:¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, y el hijo del hombre para que lo cuides?” Otro salmo interesante es el 18:1―2: “Te amo, oh Jehová, fortaleza mía. 2 Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; Mi escudo, y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio”. Un último Salmo, 22:24: “porque no menospreció ni rechazó el dolor del afligido, ni de él escondió su rostro, sino que cuando clamó a él, lo escuchó”.

Resumen

Hoy hemos comenzado a descubrir al Padre Celestial, especialmente en el Antiguo Testamento. Hemos visto que el Dios del Antiguo Testamento es el mismo que el Dios del Nuevo Testamento que se manifestó a través del Hijo. Dios Padre es Dios de misericordia, que perdona a millares. Es un Dios que hace pactos con su pueblo, y más que eso, es un Dios que redime a su pueblo. Lo salva y le ayuda de forma constante. La próxima semana comenzaremos a ver al Padre como un Dios de Refugio, Dios perdonador, Dios de Bondad, de fidelidad, un Dios de Salvación y de venganza y como un Dios paternal. ¡Feliz Sábado!
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Religión práctica


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Lectura Bíblica: 1ª Pedro 4:12, 13

Religión Práctica.

Extraído de “Religión Práctica” de Ministerio de Curación.

Introducción.

Demasiado a menudo caemos, de forma inconsciente, en lo que se llama la religión teórica, o la religión de Sábado nada más. Somos Adventistas del Séptimo Día, exclusivamente. O dicho de otro modo, somos Adventistas el séptimo día solamente.
Alguno de nosotros nos congratulamos de además del sábado, tener alguna actividad misionera o religiosa entre semana. Es curioso cuando me descubro a mí mismo con una actitud diferente, una forma de hablar distinta, una manera de comportarme no usual, cuando estoy en una reunión de sábado, o de viernes, o incluso en una de miércoles. Puede que os suceda lo mismo, incluso si participáis en una reunión en uno de los grupos de apoyo.
Mi pregunta es, ¿qué sucede con nosotros fuera de esas horas tan específicas? ¿Somos los mismos? ¿Hablamos igual? ¿Las mismas palabras, gestos, miradas? ¿Nos comportamos normalmente de forma distinta?
Con lo dicho hasta aquí no quiero dar a entender que debemos andar todo el día como “santurrones” con la Biblia debajo del brazo, cabizbajos, o hablar en un tono “solemne”. Nosotros somos como somos, Dios nos hizo así, y es cierto que hay cosas que cambiar en cada uno de nosotros. Bíblicamente buscamos ser a la imagen de Jesús, pero no “clones” los unos de los otros. Debemos tener el carácter de Jesús, pero Dios respeta nuestra personalidad. Hermanos, somos distintos unos de otros.
El punto al que quiero llegar, para comenzar la meditación de hoy, es que confundimos la religión verdadera con una forma de “comportarse”, que no es natural. Y por no ser natural, sólo podemos “esforzarnos” en ser así unas horas a la semana. La verdadera religión, es una religión Práctica. La verdadera religión influye en la vida cotidiana de cada uno de nosotros.

Religión práctica.

Hay en la vida tranquila y consecuente de un cristiano puro y verdadero una elocuencia mucho más poderosa que la de las palabras. Es fantástico saber hablar, decir, refutar, enseñar, adoctrinar a otros, pero de nada sirve si lo que he dicho durante una hora, lo contradigo las otras 167 horas de la semana. O dicho de otro modo, tengo 167 horas en la semana para confirmar o negar con mis actos lo que he dicho en esa hora. Lo que un hombre es tiene más influencia que lo que dice.
Cuando enviaron espías a Jesús, para atraparlo en alguna de sus palabras y condenarlo, el único mensaje que los alguaciles trajeron de vuelta a quienes los enviaron fue éste: “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” (Juan 7:46). ¿Sabéis a qué se debía este poder? A que Jesús vivía lo que enseñaba. Nadie pudo predicar con el mismo poder, porque nadie ha vivido como Él vivió. Si Jesús hubiese vivido de forma distinta, no habría podido hablar de igual modo. Sus palabras llevaban un poder que convencía, porque venían de un corazón puro y santo, lleno de amor y simpatía, lleno de benevolencia y de verdad.
Nuestro carácter y nuestra experiencia determinan qué tipo de influencia ejercemos en los demás. Para poder convencer a otros de la gracia de Cristo, tenemos que conocer ese poder en nuestro corazón y en nuestra vida. El mismo evangelio que presentamos a otros para salvar sus almas, debe ser el mismo evangelio que salva nuestra propia alma. Demasiado a menudo, nos quejamos de que el mundo es cada vez más incrédulo, más escéptico, y vemos que cada vez tenemos menos influencia en los demás. Sólo mediante una fe viva en Cristo como Salvador personal, es como nos resulta posible hacer sentir nuestra influencia en un mundo escéptico. Si queremos sacar pecadores de la corriente impetuosa del mundo, debemos tener los pies afirmados en la Roca que es Cristo Jesús. Si no es así, no podremos hacer fuerza para sacarlos, podremos caer con ellos, y por no caer, por miedo o por inseguridad, dejemos de hacer esfuerzos por los demás.
El símbolo del cristianismo no es una señal exterior, algo que se hace con las manos, ni una cruz que se cuelgue del cuello, ni una corona. El verdadero símbolo del cristianismo es aquello que revela la unión del hombre con Dios. El mundo no se ha de convencer por la imagen de una cruz. El mundo debe quedar convencido del poder de la gracia divina cuando se manifiesta en la transformación del carácter. Sólo así verán y entenderán que Dios envió a su Hijo para que fuese su Redentor. Ninguna otra influencia que pueda rodear al alma ejerce tanto poder sobre ella como la de una vida abnegada. El argumento más poderoso a favor del Evangelio es un cristiano amante y amable.

La Disciplina de las pruebas.

Llevar una vida así, que ejerza ese tipo de influencia en los demás, cuesta esfuerzo en cada paso que se dé, cuesta sacrificio de sí mismo y disciplina. Muchos, por no haber entendido esto, se desalientan rápidamente en la vida cristiana. Con el paso del tiempo llegamos a ser “disciplinados” solamente en ocasiones, especialmente el sábado, en ocasiones de otras reuniones, y como mucho, cuando nos cruzamos con algún hermano de iglesia entre semana. Por eso hay que entender que es un esfuerzo constante, diario, cotidiano y perseverante. No hay que hacer grandes hazañas espirituales intensivas, pues esto desgasta el ánimo y se cae en el chasqueo. Se trata más de perseverancia tranquila.
Muchos que consagran sinceramente su vida al servicio de Dios, se chasquean y quedan sorprendidos al verse como nunca antes frente a obstáculos, y asediados por pruebas y asuntos que los dejan perplejos. Piden en oración un carácter semejante al de Cristo y aptitudes para la obra del Señor, luego se hallan en circunstancias que parecen exponer todo el mal de su naturaleza. Se revelan entonces defectos cuya existencia no se sospechaban.
Hermanos, todo esto sucede porque así lo han pedido, y Dios contesta sus oraciones. Las pruebas y los obstáculos son los métodos de disciplina que el Señor escoge y las condiciones que señala para el éxito. Dios, que lee los corazones como un libro abierto, conoce nuestro carácter mejor que nosotros mismos. Dios ve que algunos tienen facultades y aptitudes, que de estar bien dirigidas, pueden servir en el adelanto de la obra de Dios. Para ello, en su providencia los coloca en situaciones y circunstancias distintas, así surgen los defectos de carácter a relucir, que de otro modo, los habríamos ignorado a pesar de estar allí ocultos, en nuestro interior.
Nuestro Padre celestial hace todo esto para brindarnos la oportunidad de enmendar esos defectos de carácter, y de ese modo poder servirle mejor. El Señor permite a veces que el fuego de la aflicción nos alcance para poder “purificarnos”.
Ilustración: Cuando calentamos el hierro al fuego, su estructura molecular cambia por efecto de la temperatura. En ese momento es cuando se lo sumerge en agua, que fija esa nueva forma de las moléculas por causa del fuego. Es así como de un vulgar trozo de hierro se obtiene el mejor y más duro y resistente acero.
El hecho de ser llamados a soportar pruebas demuestra que nuestro Señor Jesús ve en nosotros algo precioso que quiere desarrollar. Si no viera en nosotros nada con que glorificar su nombre, no perdería tiempo en refinarnos. Dios es demasiado sabio como para echar piedras inútiles en su hornillo. Lo que el Señor refina es mineral precioso. El oro debe ser “quemado” para separarlo de la escoria con la que viene mezclado de las minas.
Volviendo al ejemplo anterior, aunque ahora ya no se estila encontrar herreros, había una costumbre entre los de ese oficio. Cuando querían saber qué clase de hierro tenían delante, o qué calidad de acero debían trabajar, lo ponían a fuego fuerte. De igual modo, el Señor permite que sus escogidos pasen por el horno de la aflicción para probar su carácter y saber si pueden ser amoldados a su obra.
Antes de que el alfarero pueda hacer una vasija, esa arcilla no viene de la nada. El alfarero la toma, la mezcla con agua, la amasa, la trabaja, la despedaza y la vuelve a amasar. La humedece y la deja secar. Es un proceso duro, pero el resultado final es una masa maleable, fina, lista para trabajarla en el torno y hacer una vasija, como en Jeremías capítulo 18:1 – 6. Después se deja secar al sol y se cuece en el horno. Sólo después de ese largo, arduo y complejo proceso, se obtiene una vasija útil. Dios desea amoldarnos, modelarnos y formarnos, no importa el tiempo que estemos en la iglesia. Tal como la arcilla está en las manos del alfarero, nosotros estamos en las manos divinas.
No debemos intentar hacer la obra del alfarero. Sólo nos corresponde someternos a que el divino artífice nos forme. No somos más sabios que nuestro Creador. En 1ª Pedro 4:12, 13 leemos lo siguiente:
12 Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que en medio de vosotros ha venido para probaros, como si alguna cosa extraña os estuviera aconteciendo; 13 antes bien, en la medida en que compartís los padecimientos de Cristo, regocijaos, para que también en la revelación de su gloria os regocijéis con gran alegría.
Muchos están descontentos de su vocación, ya sea la de ama de casa, desempeñar un oficio, o quizás algún cargo de iglesia. Tal vez esas personas no congenien con lo que los rodea. Puede ser que algún trabajo vulgar consuma su tiempo mientras se creen capaces de más altas responsabilidades; muchas veces les parece que sus esfuerzos no son apreciados o que son estériles e incierto su porvenir. No ven el futuro nada claro en esto o aquello, o quizás todo el futuro.
Recordemos que aun cuando el trabajo que nos toque hacer no sea tal vez el de nuestra elección, debemos aceptarlo como escogido por Dios para nosotros. Gústenos o no, hemos de cumplir el deber que más a mano tenemos. Recordemos Eclesiastés 9:10: “Todo lo que te venga a mano para hacer, hazlo según tus fuerzas, porque en el seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo ni ciencia ni sabiduría.
Si el Señor desea que vayamos a Nínive a dar un mensaje, no le agradará que vayamos a Jope o a Capernaúm. Sus razones tiene para enviarnos allí donde nuestros pies han sido encaminados. No importa donde estés, donde trabajes, donde te hayan llevado, trasladado, o puesto el cargo. Allí mismo está alguien que necesita la ayuda que podemos darle. Dios envió a Felipe al eunuco etíope, y no a Pedro o a Pablo o Juan. Dios envió a Pedro al Centurión romano, y no a Santiago, ni a Andrés. La pequeña israelita acudió en auxilio de Naamán por el hecho de ser esclava allí donde estaba. El mismo Dios envía hoy, como representantes suyos a hombres, mujeres y jóvenes para que vayan a los que necesitan ayuda y dirección divinas.

Los planes de Dios son los mejores.

Nuestros planes no siempre coinciden con los de Dios. Puede suceder que Él vea que lo mejor para nosotros y para su causa consiste en desechar nuestras mejores intenciones, como en el caso de David, que quiso edificar el templo. Pero podemos estar seguros de que bendecirá y empleará en el adelanto de su causa a quienes se dediquen sinceramente, con todo lo que tienen, a la gloria de Dios. Si Él ve que es mejor no acceder a los deseos de sus siervos, compensará su negativa concediéndoles señales de su amor y encomendándoles otro servicio.
En su amante cuidado e interés por nosotros, muchas veces Aquel que nos comprende mejor de lo que nos comprendemos a nosotros mismos, se niega a permitirnos que procuremos con egoísmo la satisfacción de nuestra ambición. ¿No hacemos nosotros lo mismo con nuestros hijos para educarlos? Dios no permite que pasemos por algo los deberes sencillos pero sagrados que tenemos más a mano. Muchas veces estos deberes entrañan la verdadera preparación indispensable para una obra superior. Muchas veces nuestros planes fracasan para que los de Dios respecto a nosotros tengan éxito.
Nunca se nos exige que hagamos un verdadero sacrificio por Dios. Es cierto que Dios nos pide que le cedamos muchas cosas, sin embargo, nos daríamos cuenta de que sólo nos despojamos de aquellas cosas que nos impiden avanzar hacia el cielo. Incluso cuando nos pide renunciar a cosas que son buenas en sí mismas, podemos estar seguros de que Dios nos prepara algún bien superior.
Debemos tener fe y confiar. En la vida futura se aclararán los misterios que aquí nos han preocupado y a veces chasqueado. Allí veremos que las oraciones que parecían ser desatendidas, y las esperanzas que entendíamos como defraudadas, sin embargo estaban entre nuestras mayores bendiciones.
Debemos considerar todo deber, por muy humilde que sea, como sagrado por ser parte del servicio de Dios. Nuestra oración cotidiana debería ser: “Señor, ayúdame a hacer lo mejor que pueda. Enséñame a hacer mejor mi trabajo. Dame energía y alegría. Ayúdame a compartir en mi servicio el amante ministerio del Salvador”.
Que esa sea nuestra oración. Amén.
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