El mensaje de Dios para hoy


EL MENSAJE DE DIOS PARA HOY

Lectura Bíblica: Mateo 24:44.

INTRODUCCIÓN:

LA NECESIDAD DE COMUNICARSE:

A lo largo de la historia, siempre ha sido necesario comunicarse. Ha sido imprescindible el tener que transmitir noticias de un lugar a otro. Al principio se hacía a viva voz, con mensajeros, después con otros medios como señales de humo, tambores, silbidos, el correo escrito, la radio, el teléfono, el televisor y últimamente internet.
La necesidad es de comunicar noticias importantes. Gracias a Marconi, hoy las ambulancias poseen un sistema de radiotransmisión con el que localizar antes a un herido, e informar del estado de salud del mismo al hospital antes de llegar. Ahora, ¿qué sería de los telediarios si no hubiese noticias?

LA IMPORTANCIA DEL MENSAJE.

Recuerdo que a un misionero adventista español, que trabajó en Camerún, le sucedió algo curioso con un muchacho. En el lugar donde vivía, ocurrió algo de gravedad (no recuerdo si fue un incendio u otra cosa), el caso es que necesitaba la colaboración de personas de otra aldea. El pastor llamó a un joven con la intención de mandarlo en busca de ayuda. Le dijo: “¡Corre, corre a…!” Antes de decirle a dónde y para qué, el muchacho salió perdiendo las sandalias. Al poco tuvo que volver para preguntar a dónde ir y con qué mensaje.
Un mensajero sin mensaje es algo fútil, como lo sería un informativo sin noticias. Más inútil resultaría un mensaje de emergencia sin quien lo transmitiese. O si el que ha de transmitir un mensaje de emergencia no sabe bien lo que ha de decir.
Dios siempre ha tenido mensajes que dar a la humanidad, y para ello ha necesitado mensajeros que supiesen lo que tenían que decir en cada momento.

I. Dios tiene un mensaje para cada época.

  1. DIOS USA A LOS SERES HUMANOS.

Dios usa a los seres humanos para dar un mensaje al mundo. Los ángeles están deseando poder dar ese mensaje por ellos mismos, poder predicar el Evangelio. Se pondrían de buena gana en nuestro lugar como predicadores del Evangelio. Pero su cometido es el de ayudarnos a hacer esa tarea, no predicar ellos mismos.
Así que es nuestra responsabilidad tener que predicar al mundo. Sabemos que esa es la misión de la Iglesia1. Dios le ha dado un mensaje a su pueblo para ser predicado en cada momento de la historia. Todo el que ha pertenecido al pueblo de Dios a lo largo de la Historia, ha tenido un mensaje que dar a su prójimo.
  1. LA VERDAD PRESENTE.

El mensaje que especialmente ha resaltado en una época determinada, ha sido llamado “la verdad presente”. Este término ha llevado a malos entendidos a algunos hermanos. Otros lo han tomado como baluarte y han hecho uso incorrecto de él. Pero una cosa es cierta, “la Verdad presente” es algo que todo creyente en la historia de este mundo tuvo muy en cuenta. Esto lo confirma la pluma inspirada:
Las Escrituras se están abriendo constantemente al pueblo de Dios. Siempre ha habido y siempre habrá una verdad especialmente aplicable a cada generación.”2
Durante la historia de este mundo ha habido predicadores que daban un mensaje, en el que tenían algo que decir especialmente a su generación.
  1. OTROS PREDICARON LA VERDAD PRESENTE.

El primero que nos viene a la memoria, además por ser conocido, fue Noé.
  1. Noé.
Noé recibió de Dios un mensaje para ser proclamado en sus días3. Todos sabemos cuál era. Noé tenía que anunciar una destrucción del mundo por las aguas de un diluvio que tenía que acontecer. En ningún otro momento de la historia se iba a repetir el diluvio, por lo tanto, esa era la verdad presente para los tiempos de Noé.
La sierva del Señor nos dice:
El mensaje dado a Noé era la verdad presente para ese tiempo; y si la gente hubiese aceptado aquel mensaje, habrían sido salvos de ahogarse en las aguas del diluvio”4.
El mensaje de reprensión iba acompañado de uno de misericordia, el perdón de Dios. Si tan sólo hubiesen prestado atención seria…
  1. Moisés.
Otro siervo de Dios, varios siglos después, llevó un mensaje que tampoco pudo ser repetido en otros lugares ni épocas. Moisés tenía un mensaje que dar a Faraón.
La voz de Moisés resonó siete veces en el palacio de faraón con este mensaje:“Deja ir a mi pueblo”5Ningún otro líder o predicador pudo repetir ese mensaje con las mismas implicaciones.
Si Faraón hubiese obedecido a ese mensaje, la misericordia de Dios hubiese sido manifiesta en Egipto. El resultado fue otro distinto.
  1. Jonás.
No podríamos hablar de este tema sin mencionar a Jonás y su mensaje para Nínive. Dios también le dio a Jonás un mensaje a predicar. Nínive iba a ser destruida en 40 días si no se arrepentían6. Ésta vez el mensaje fue oído, y la misericordia de Dios tuvo su fruto en los ninivitas.
  1. Juan el bautista.
Otro mensajero con una verdad especial a predicar fue Juan el Bautista. Su voz se oía resonar entre las dunas del desierto y las orillas del Jordán con un mensaje claro: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”7.
Juan predicaba el mensaje acompañado de la misericordia de Dios. El arrepentimiento iba acompañado del perdón y del bautismo.
Todos estos mensajes que fueron verdad presente en su momento, no han dejado por ello de ser verdad. ¿Por qué, entonces, no se podían haber predicado en otros momentos?
Dios tiene un plan para este mundo, un plan para cada uno de nosotros. El plan de Dios se va cumpliendo por etapas, se va realizando conforme pasa el tiempo.
ILUSTRACIÓN: Si pudiésemos transitar por la carretera de la historia, necesitaríamos un Mapa que nos indicase dónde están las curvas y puntos cruciales de la ruta en el tiempo. Es a medida que se va llegando a esos puntos en el camino cuando Dios nos indica hacia dónde ir, y con qué baches tener cuidado para no caer.

II. Profecías que se cumplen.

1. EL MENSAJE Y LA PROFECÍA.

El mensaje para cada tiempo va en función de profecías que se van cumpliendo, indicando así el camino de la Historia del Plan de la Redención. “Porque no hará nada el Señor Jehová, sin que revele su secreto á sus siervos los profetas”.8
  1. Noé.
Cuando le fue confiado el mensaje a Noé, se pronunció la profecía de la destrucción de la tierra en 120 años9. Había que predicar un mensaje de advertencia y arrepentimiento antes de que eso se cumpliese.
  1. Moisés.
En los días de Moisés se cumplía una vieja profecía10, que indicaba la esclavitud de Israel durante 400 años. En el momento de la actuación divina, Dios envió un profeta.
  1. Jonás.
Dios iba a destruir Nínive en 40 días. ¿Habría sido justo destruir un pueblo entero sin un mensaje de amonestación y arrepentimiento? Una profecía breve, pero tan cierta como las demás.
  1. Juan el Bautista.
A Juan el Bautista le tocó predicar en un momento histórico muy importante. Se cumplían las 70 semanas de Daniel11. El Mesías había nacido pocos años antes, estaba entre ellos, y su misión descrita proféticamente12 estaba por cumplirse.

2. JESÚS, PROFECÍA Y PROFETA.

En Jesús convergen las profecías del Antiguo Testamento. Él es la verdad presente para cada momento de la historia de la humanidad. Todo mensaje puntual a lo largo del tiempo, ha sido de llamado al arrepentimiento.
Sin la fe en un Redentor, Noé no habría sobrevivido a las aguas del diluvio. Sin la fe en un Dios perdonador, Moisés no habría podido ser el caudillo de Israel. Sin un Dios misericordioso, Nínive hubiese perecido. Sin un Cordero de Dios, Juan no habría podido predicar el arrepentimiento.
Jesús es la profecía cuyo cumplimiento es necesario para toda verdad presente a lo largo de la historia de la humanidad. Como podemos leer en Lucas 18:31:
He aquí, subimos a Jerusalén, y serán cumplidas todas las cosas que fueron escritas por los profetas acerca del Hijo del Hombre”.
Jesús además de ser una profecía viviente, fue profeta. Vino a traer un mensaje de salvación al mundo. Cristo vino para redimir a cada pueblo.

3. SALVACIÓN A CADA PUEBLO.

Nuestro Señor vino a traer y cumplir esa parte indispensable en cada mensaje de verdad presente. A ser un Sustituto del pecador que recibe esa verdad presente y se arrepiente de su mal proceder.
Al igual que los mensajes en el Antiguo Testamento pudieron ser para un pueblo como los habitantes de Nínive; para un Nabucodonosor, para un Darío o para un Asuero, o un Eunuco etíope o un griego, el mensaje de Salvación es para todos los pueblos del mundo en todos los tiempos.
Cada mensajero centró sus esfuerzos en presentar el mensaje de Dios para ese momento histórico concreto. Cada uno tuvo su mensaje diferente al de los demás. Pero TODOS tuvieron un denominador común: La salvación en Un Divino Redentor.
La misión de todo profeta era preparar al pueblo para algo que debía acontecer, o evitar una catástrofe. Al cumplirse las 70 semanas de Daniel 9, el pueblo judío no predicó el Evangelio de la Salvación en Jesús. Fue por ello desechado como pueblo escogido.
La iglesia primitiva proclamó el mensaje y creció. Pero con el transcurso de los siglos dejó su labor de predicación y pasó a la de conversión a la fuerza.
Dios suscita en cada momento quien predique su Palabra. Los Valdenses tomaron el relevo. Lutero tuvo su verdad presente: “Sola fe, sola gracia y sola Escritura”. La reforma dio lugar a las religiones protestantes de hoy día.
De esas religiones salió un movimiento profético, predicho en Apocalipsis. Los pioneros de la Iglesia Adventista del Séptimo Día (aunque no se llamase así todavía) se pusieron en pie con un mensaje poderoso. Un mensaje para nuestros días.

III. Nuestro mensaje para el mundo de hoy.

1. PROFECÍA QUE SE CUMPLE EN ESTOS DÍAS.

Todos los personajes de la Biblia han soñado con vivir en el tiempo en el que pudiesen ver la consumación de la historia. Muchos la han visto “en el Espíritu”, otros la han oído narrada por los labios de profetas o de escribas que la leían en voz alta. Pero ninguno de ellos la pudo preceder como nosotros lo haremos.
La segunda venida de Jesús en gloria es la gran profecía que ha de acontecer y que movió a nuestros primeros predecesores. En esa segunda venida, reflejada en la Biblia como “la venida del Hijo del Hombre”13, “el día terrible de Jehová”14, “el día del juicio”15, y de otras muchas maneras, se ven recompensados muchos sufrimientos, anhelos y esperanzas.
Éste es un hecho que no pudo predicar para su tiempo ningún otro creyente que no viva en nuestros días. Ellos hicieron referencia a este hecho como algo lejano en el futuro, de lo cual había que tener temor, pero no le pudieron dar el énfasis que nosotros tenemos oportunidad de darle. Pero para que la profecía se cumpla, ha de suceder algo primero.

2. CONDICIONES PARA EL CUMPLIMIENTO.

En las ocasiones en las que se ha pronunciado un mensaje de parte de Dios, ha sido con el propósito de preparar un pueblo, como lo hicieron otros en el pasado. Estamos tocando el fin de la historia del pecado, y un pueblo ha de estar listo para encontrarse con su Dios. Nosotros tenemos la responsabilidad de dicha tarea. Jesús mismo nos la encomendó16. Como el mismo Señor Jesús dijo: “Y este Evangelio del reino será predicado en todo el mundo para testimonio a todas las razas, y luego vendrá el fin”17
La condición es un pueblo preparado para encontrarse con su Dios. Un mundo avisado de lo que ha de acontecer. Un pueblo que esté predicando un mensaje para estos días, un mensaje sin igual en la historia.
Todos nosotros estamos de acuerdo en esto hasta aquí. Todos procuramos predicar el Evangelio. Cada uno de nosotros sabe qué es lo que se le pide. aprovechamos las oportunidades de entablar relaciones con otros. Pero ¡cuán a menudo tenemos la impresión de que no hamos dicho lo más importante!
¿Es nuestro mensaje para hoy el predicar el vegetarianismo? ¿Es acaso el no trabajar en sábado? ¿O se trata de no pertenecer a una iglesia apóstata? ¿Cuál es ese mensaje que debemos predicar como Verdad Presente? ¿Qué es lo más importante que todos deben conocer?

3. NUESTRO MENSAJE HOY.

Nuestro mensaje de hoy para nosotros mismos y para nuestro prójimo es un mensaje de misericordia para un mundo condenado. La profecía de la segunda venida es la que condiciona nuestro mensaje. Tenemos URGENCIA de predicar la Verdad Presente para nuestros días. Dice Elena White:
El mensaje de Dios para los habitantes de la tierra hoy es: Por tanto, también vosotros estad apercibidos; porque el Hijo del Hombre ha de venir a la hora que no pensáis (Mat. 24:44). Las condiciones que prevalecen en la sociedad, y especialmente en las grandes ciudades de las naciones, proclaman con voz de trueno que la hora del juicio de Dios ha llegado, y que se acerca el fin de las cosas terrenales. Nos hallamos en el mismo umbral de la crisis de los siglos. En rápida sucesión se seguirán unos a otros los castigos de Dios; incendios e inundaciones, terremotos, guerras y derramamiento de sangre. No debemos quedar sorprendidos en este tiempo por acontecimientos grandes y decisivos; porque el ángel de la misericordia no puede permanecer mucho más tiempo para proteger a los impenitentes.
… la iglesia de Cristo es el instrumento para proclamar la verdad; Él la ha dotado de poder para que realice una obra especial; y si ella es leal a Dios y obedece sus mandamientos, morará en su seno la excelencia del poder divino. Si permanece fiel, no habrá poder que le resista. Las fuerzas del enemigo no serán más capaces de vencerla que lo que es el tamo para resistir el torbellino.
Aguarda a la iglesia el amanecer de un día glorioso, con tal que ella esté dispuesta a vestirse del manto de la Justicia de Cristo y negarse a obedecer al mundo.
Dios invita a sus fieles, a los que creen en él, a que hablen con valor a los que no creen ni tienen esperanza.”18
Nuestro mensaje es el de Mateo 24:44. Debemos avisar a un mundo desprevenido de la inminente venida de Jesús. Esa es la voz que se ha de oír para llamar la atención de las gentes hacia este gran asunto. Cristo viene, y viene pronto.
Pero no penséis que todo queda aquí. Ésa es sólo la voz de alarma a la que el mundo distraído ha de prestar atención. Ése mensaje no es redentivo en sí. ¿U os imagináis a Noé predicando solamente la destrucción por un diluvio? Hace falta el denominador común a todas las verdades presentes, el mensaje de misericordia.
Hermanos, el mensaje que ha distinguido a la Iglesia Adventista de las demás, ha sido el triple mensaje angélico de Apocalipsis 14:6 – 12.
Nosotros hemos de llamar la atención del mundo con la urgencia de una reforma ante la segundo venida de Cristo. El mensaje de los tres ángeles es la reforma en sí. Es el Evangelio Eterno que tiene el primer ángel para predicar a los que habitan en la tierra. Es el mismo Evangelio que tenía Noé, Jonás, Juan el Bautista, Jesús, Pablo, Pedro y tantos otros.
Cuando la población de este mundo sea sacudida por el clamor de una segunda e inminente venida de Jesucristo, se preguntarán “¿qué haremos para ser salvos?” Es entonces cuando les diremos que adoren al Creador de los cielos y de la tierra, del mar y de las fuentes de las aguas, porque la hora de su juicio ha llegado. Es en ese momento cuando sentirán la necesidad de un Redentor y aceptarán el mensaje de Justificación por la fe en Jesucristo.
Nuestro mensaje de aviso “velad porque el Hijo del hombre ha de venir a la hora a la que no pensáis” no es un mensaje de condenación, sino uno establecido para redimir al mundo. Ése es el mensaje que caracteriza el nombre de nuestra iglesia, y el que debe de caracterizar nuestra predicación a los demás. Sólo advirtiendo del peligro se puede salvar al que está en él.
En el mar de este mundo tenemos la señal de Socorro para lanzar, y tenemos el triple salvavidas de Apocalipsis 14 para ayudar a los que perecen y se giran a nuestra señal de Emergencia. Éste es el mensaje que hemos de predicar.
Ahora sí sabemos lo que hemos de proclamar a todos. Hermano, las palabras son sencillas, nunca pidió Dios a los hombres más de lo que pudiesen hacer. Hoy tenéis la esencia del último mensaje que ha de ser proclamado sobre la faz de este planeta.
Ahora tenemos algo que decir al mundo. Ahora podemos predicar al mundo. Ahora es cuando somos portadores de la Verdad Presente para este tiempo.

CONCLUSIÓN:

Noé, Juan, Elías, Jonás, Isaías, Jeremías, Oseas, y una larga lista de otros nombres han sido portavoces fieles del mensaje que Dios les dio. Se oyeron sus voces claras y al punto. Dejaron abierto el camino de regreso a Dios para aquellos que estaban perdidos lejos del Hogar celestial.
Esa lista se prolonga hasta nuestros días. En esa lista se encuentran incluidos nuestros nombres, el tuyo y el mío. Cada uno de ellos tuvo un mensaje diferente que proclamar, pero con una misma esencia, la salvación en Jesús.
A muchos de ellos les habría encantado proclamar el mensaje que a nosotros nos toca en estos días, y de muy buena gana lo habrían hecho fielmente. Pero cada uno fue fiel en lo que el Señor le pidió e hizo la parte que le tocó.
Nosotros somos muchos para un mismo mensaje. El esfuerzo es menor en comparación con aquellos, pero la responsabilidad es la misma. Conocemos la noticia que ha de ser transmitida y anunciada. Somos “mensajeros con mensaje”. Podemos y tenemos algo que decir. Es nuestro turno en esta lucha entre el bien y el mal. Dios espera que seamos fieles portavoces de su Palabra. Hagamos nuestra obra de proclamar la Verdad para nuestros días, porque ni siquiera nosotros mismos pensamos la hora a la que ha de venir el Hijo del hombre. Estemos apercibidos predicando Su venida y su Evangelio Eterno. Que el Señor os bendiga.
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1 Marcos 16:15.
2 Advent Review and Sabbath Herald, 29 Junio de 1886. Artículo “La labor en los valles de Piedmont”, párrafo 9.
3 Gén 6:13-22
4 Advent Review and Sabbath Herald, 29 Junio de 1886. Artículo “La labor en los valles de Piedmont”, párrafo 9.
5 Exodo 5:1; 7:16; 8:1,20; 9:1,13; 10:3.
6 Jonás 3:1-5
7 Mateo 3:2
8 Amós 3:7
9 Génesis 6:3
10 Génesis 15:13
11 Daniel 9:24
12 Daniel 9; Isaías 56, etc.
13 Daniel 7:13; Mateo 10:23; 16:27; 19:28; 24:27,30,37,39,44; 25:31; 26:64; Marcos 13:26; 14:62; Lucas 9:26; 12:40; 17:24,26,30; 18:8; 21:27.
14 Isaías 13:9,13; Ezequiel 7:19; Joel 2:11,31; Sofonías 1:14,18; 2:2; Malaquías 4:5
15 Mateo 10:5; 11:24; 12:36; Marcos 6:11; Romanos 2:5; 2ª Pedro 3:7; Judas 1:6
16 Mateo 28:18 – 20.
17 Mateo 24:14.
18White. Ellen G. Patriarcas y Profetas, pp. 207, 208, 194
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El lenguaje de las ovejas

Spring Lamb

EL LENGUAJE DE LAS OVEJAS

Introducción.

Muy a menudo, ojalá de continuo, queremos hacer cosas por y para el Señor. Nos preguntamos cuál es la mejor manera de servir a Dios, y qué podemos nosotros hacer por el Señor. A veces pensamos que tal o cual labor en la iglesia es “demasiado poco” para mí. Otras veces u otras personas pueden pensar “esa labor es tediosa”. Es cierto que Dios ha dado dones a la iglesia, y que algunos hacen una labor o cometido mejor que otros. Por otro lado tampoco deja de ser cierto que a veces soñamos con “grandes cosas” o “grandes ideas”, y finalmente aparcamos lo que tenemos más a mano. Vamos a considerar hoy un personaje bíblico, para ver su ejemplo. Hoy quiero hablar del ejemplo que nos dio Moisés.

La lección de Moisés.

Todos sabemos que Moisés fue rescatado de las aguas del Nilo por la hija del Faraón. Los adventistas creemos que fue la faraona Hatsepsup, pues el heredero de ella la tuvo que odiar mucho como para borrar el nombre de ella de toda estatua y edificio oficial. Sólo así se comprende los celos de un “hermano menor” de Moisés. Aunque Moisés iba a quedar para la corte de faraón, bien sabemos que su cuidado, cría y primera educación fue a cargo de su propia madre, Jocabed. No fue sino hasta que el niño estuvo criado que fue a parar a la corte de Faraón. Moisés tenía sentadas las bases del carácter por su propia madre. Sobre esa base, recibió la siguiente educación en la corte como nieto de Faraón. Moisés era el heredero al trono. Moisés fue lo que hoy llamaríamos “heredero” al trono de la máxima potencia mundial (USA). Recibió la mejor formación intelectual, científica, militar y legal. Según entendían los egipcios la sabiduría, nada fue considerado en poca estima para la formación de Moisés. Moisés era la persona, en aquél momento, más preparada de todo el mundo, capaz de dirigir y gobernar una potencia mundial económica, política y militar.

El plan de Dios parecía obvio. Cuando Moisés ascendiese al trono, él mismo libertaría al pueblo de Israel. Se sentía perfectamente capacitado para llevar a cabo tal tarea, y aún gobernar si hiciera falta al pueblo de Israel. Pero… Dios no lo vio así. Dios en su providencia, hizo pasar a Moisés por un “cursillo” de preparación en el desierto que duró ¡40 años! Dios hizo que Moisés pasara por un curso de adiestramiento parapastores de ovejas. ¿Irónico, contradictorio, lógico? ¿Nos imaginamos al que iba a ser el próximo presidente de USA como pastor de ovejas en un lugar apartado, sin civilización?

La educación que Moisés recibió en Egipto, sin duda le sirvió en muchos aspectos, especialmente a la hora de organizar una nueva nación. Pero sin duda alguna, la preparación que más le aprovechó para esa labor, fue la que recibió mientras apacentaba el ganado en el desierto. Moisés conocía la lengua de los sabios, pero tenía que aprender el “lenguaje de las ovejas”.

Moisés era de carácter impetuoso, propio de los que están acostumbrados a que se les obedezca sin rechistar, especialmente cuando no se les hace caso. Eso es impaciencia. En Egipto, en calidad de heredero del trono, jefe militar, y aún más, como favorito del rey (faraón) y favorito del pueblo, estaba acostumbrado a recibir alabanzas y honores por doquier. Era muy popular, muy preparado y el pueblo lo sabía. Hoy estaría de forma constante en las portadas de los periódicos y de las revistas del corazón, siempre con buenas noticias, claro. Lo tenía todo aparentemente a su favor, poder, fama, conocimiento, etc. Y así quería llevar a cabo la liberación de Israel. Pero las lecciones que le quedaban por aprender eran muy distintas, especialmente para representar a Otro que era (y es) más grande que él.

Mientas Moisés deambulaba por los montes y por los valles verdes, pero “desiertos” (sin gente ni pueblos), aprendió a confiar en Dios, o lo que es lo mismo, a tener fe. Aprendió a ser manso, no le servía de nada ser impetuoso con las ovejas (a no ser correr más tiempo detrás de una de ellas porque se asustase). Aprendió a tener paciencia, se acostumbró y aprendió a ser humilde. Las ovejas a veces no pueden esperar, y si una se ponía de parto o se perdía, Moisés aprendió a olvidarsede sí mismo para atender aquellos seres débiles que le necesitaban. Aprendió a ser paciente con las ovejas revoltosas, a proteger a los corderos y a nutrir a los miembros del rebaño ya viejos y enclenques.

El supremo Pastor.

En esa labor que Moisés estaba haciendo, se iba acercando más y más a la figura del Supremo Pastor. Moisés llegó a unirse con Dios de forma muy estrecha. Poco a poco, Moisés dejó de proponerse hacer “cosas grandes” o “grandes obras”. Ahora sólo se proponía hacer fielmente su deber como si fuera para Dios. Reconocía la presencia de Dios en todo lo que le rodeaba (ojo, esto no es panteísmo). Estaba en la escuela de la naturaleza, bien distinta de las “universidades” de Egipto. Esta vez conocía a Dios, más que de forma teórica, de forma personal. Tenía tiempo para hablar con él en oración, para meditar en todo aquello que le enseñó Jocabed, su madre, cuando era pequeño. Jetró, su suegro era sacerdote de Madián, y seguramente también instruyó a Moisés en el “postgrado” de religión. En esas largas horas a solas con las ovejas, Moisés encontró refugio en los brazos del Eterno.

Moisés prefiguró el ejemplo de nuestro Salvador. Y ese debe ser también nuestro sentir. Así nos lo dice Pablo en Filipenses 2:5―8 “Haya en vosotros esta manera de pensar que hubo también en Cristo Jesús: el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y hallándose en condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!” Nuestro Dios, quiso por voluntad propia venir a ser siervo. Así lo dijo él mismo en Mateo 20:25―28: “Entonces Jesús los llamó y les dijo: –Sabéis que los gobernantes de los gentiles se enseñorean sobre ellos, y los que son grandes ejercen autoridad sobre ellos. Entre vosotros no será así. Más bien, cualquiera que anhele ser grande entre vosotros será vuestro servidor; y el que anhele ser el primero entre vosotros, será vuestro siervo. De la misma manera, el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.” En Romanos 15:8 leemos: “Os digo que Cristo Jesús vino a ser siervo de la circuncisión para mostrar la verdad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los padres”.

Nuestro propio Señor fue más allá que el propio Moisés. Dice en Hebreos 5:8―9 “Y, aunque era Hijo, a través del sufrimiento aprendió lo que es la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que lo obedecen”. Ese “habiendo sido perfeccionado” no quiere decir que Cristo fuese “imperfecto”, sino que fue “capacitado” por experiencia propia, sabiendo lo que es obedecer teniendo las cosas en contra. Cristo, vino, se humilló, fue hecho siervo para poder hacer algo más, comprendernos y auxiliarnos.

Moisés experimentó todo esto. Y sólo después de haber pasado por la universidad de la humildad, fue cuando recibió el llamado para cambiar el cayado de pastor, por el bastón de mando de una nación. Entonces dejó las ovejas para hacerse cargo del rebaño de Israel. Cuando Dios llamó a Moisés, éste desconfiaba de sí mismo, era tímido, y había perdido facilidad de oratoria. Realmente se sentía incapaz de ser el portavoz de Dios. Sin embargo, poniendo su confianza en Dios, aceptó la obra. Entonces, después de esa “preparación en el desierto”, después de haber aprendido el “lenguaje de las ovejas”, fue cuando Dios bendijo a Moisés, y fue elocuente, dueño de sí mismo. Dios bendijo a Moisés y fue capacitado para la mayor obra que se le pudiese encomendar jamás a hombre alguno.

En Deuteronomio 34:10 leemos: “Nunca más se levantó un profeta en Israel como Moisés, a quien Jehová conoció cara a cara”.

Nosotros.

De igual modo que sucedió con Moisés, debe suceder con nosotros. A veces hay entre nosotros quienes piensan que su trabajo no es bien apreciado y ansían un puesto de más responsabilidad. Deberíamos considerar y recordar lo que dice el salmista en Salmo 75:6, 7: “Porque ni de oriente ni de occidente, ni del desierto viene el enaltecimiento. Sino que Dios es el juez; a uno humilla y a otro ensalza”. Todos tenemos nuestro lugar en el plan del cielo. El que lo ocupemos o no dependerá de nuestra fidelidad en colaborar con Dios. (Cuña ADRA u otra). Jamás deberíamos permitirnos sentir que no se nos aprecia debidamente. Nunca deberíamos permitir que nuestra mente se espacie en pensamientos negativos, pensando que no se tienen en cuenta nuestros esfuerzos. Tampoco deberíamos pensar que nuestro trabajo, la parcela que se nos encomienda hoy en la iglesia es demasiado difícil. Pensemos en todo lo que Cristo hizo, todo lo que dejó para ser humillado, burlado, degradado; todo lo que sufrió por nosotros. ¿Acaso no podremos nosotros hacer algo por Él? ¿Si acaso un rato? (Cuña de nuevo). Jeremías 45:5 dice: “¿Y tú buscas para ti grandezas? No las busques”.

Dice la pluma inspirada “El Señor no tiene lugar en su obra para los que sienten mayor deseo de ganar la corona que de llevar la cruz. Necesita hombres [y mujeres] que piensen más en cumplir su deber que en recibir la recompensa; hombres [y mujeres] más solícitos por los principios que por su propio progreso. Los que son humildes y desempeñan su trabajo como para Dios, no aparentan quizás tanto como los presuntuosos y bulliciosos; pero su obra es mucho más valiosa”. 1

Muchas veces nos jactamos de tener grandes ideas, pero podemos fallar en cumplir el deber inmediato. Otras veces puede suceder que nos traicionamos sin querer a nosotros mismos, y “por bien” nos ponemos entre Dios y el resto de la Iglesia, llamando la atención sobre lo que hacemos o dejamos de hacer. Es Dios quien debe ser honrado por nuestras obras, no nosotros. Si procedemos de esta manera, el fracaso en lo que emprendamos es casi seguro. Es bueno recordar lo que dice el Sabio en Proverbios 4:7―8: “Lo principal es la sabiduría; adquiere sabiduría, y con todo lo que obtengas adquiere inteligencia. Apréciala, y ella te levantará; y cuando la hayas abrazado, te honrará”. Es mejor seguir adelante, cumpliendo con el deber inmediato, con lo que tenemos más a mano, y hacerlo como para el Señor, que tener a veces “grandes ideas” pero no hacer nada.

Es bueno tener ideas, por supuesto. Aún más, es necesario. Pero ¿nos exime eso del deber inmediato? Aún más, si no cumplimos con lo que nos viene a la mano para hacer, ¿tendremos autoridad moral para defender y llevar a cabo otros proyectos, ideas o planes que se nos ocurran?

Sigue diciendo la mensajera del Señor “Por no haberse resuelto a reformarse, muchos se obstinan en una conducta errónea. Pero no debe ser así. Pueden cultivar sus facultades para prestar el mejor servicio, y entonces siempre se les pedirá su cooperación. Se les apreciará en un todo por lo que valgan. Si hay quienes tengan aptitud para un puesto superior, el Señor se lo hará sentir, y no sólo a ellos, sino a los que los hayan probado, y conociendo su mérito puedan alentarlos comprensivamente a seguir adelante”.2

Hermanos, nosotros no pretendemos “ascender” de cargo en la iglesia local. Pero a veces sí que queremos ayudar a la obra, y esto es muy lícito. Si realmente queremos que se nos escuche, hay que cumplir día tras día la obra que nos es encomendada. Y quizás sólo unos pocos realmente se “quemen” por el Señor, en ADRA, en labor misionera, por los jóvenes, por los mayores, visitando, etc. Si a nivel local dejamos de hacer ciertas cosas como éstas, ¿con qué poder acompañaremos nuestro mensaje para otros?

Los pastorcillos de Belén nos dan un gran ejemplo. Ellos estaban allí, cumpliendo su labor diaria, algo que aparentemente a nadie importa. Fue a ellos a quienes aparecieron los ángeles para anunciar el nacimiento de Cristo. Ellos conocían el lenguaje de las ovejas.

No estima Dios a los hombres por su fortuna, su educación o su posición social. Dios nos aprecia por la pureza de nuestros motivos y por nuestro carácter. Hermano, ¿has tenido una idea brillante? ¿Tienes un nuevo método de hacer las cosas? ¿A fin de ayudar a la iglesia y su obra a prosperar? Perfecto. Pero si eso va acompañado de un menor compromiso personal con el trabajo que Dios nos encomienda, si con ese nuevo plan resulta que no es necesaria nuestra presencia física, a Dios no lo podemos engañar. Jesús mismo dijo en Mateo 23:23 “Esto era necesario hacer, sin dejar aquello”.

ILUSTRACIÓN: Hermanos, imaginemos que queremos construir un edificio. Muchos pensaremos a lo “grande” y eso está muy bien. Crecer es necesario. Pero cuanto más alto sea el edificio, más hondo habrá que cavar primero, para establecerlo sobre buenos cimientos, que soporten toda la estructura. Por eso, cuanto más “alto” pensemos, más profundo hay que cavar. Algunos pueden pensar que cuando se habla de “crecer” hacia arriba es mal recibido por otras personas, porque inmediatamente hablan de ahondar más “hacia abajo”. Aparentemente lo contrario, pero no es así. Más bien al contrario, se acepta la idea, pero es necesario tener una buena cimentación en el compromiso personal y en el desempeño de la labor diaria. Por eso el llamado que Dios hizo a Isaías sigue siendo el mismo hoy día: “¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí: Heme aquí; envíame a mí”. Amén.

Feliz sábado.
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1 Ministerio de la Curación, Pág. 378.
2 Íbidem.
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La flor en ojo ajeno

soul's flower


LA FLOR EN OJO AJENO.

Lectura Bíblica: Gálatas 6:1―2.

Introducción.

(Basado en Ayuda para la vida cotidiana, EGW. pp. 34―39).

Todos conocemos el famoso refrán, que nuestro propio Señor mencionó. Vamos a leer Lucas 6:41―42: “¿Por qué miras la brizna de paja que está en el ojo de tu hermano pero dejas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Hermano, deja que yo saque la brizna de tu ojo’, sin que mires la viga que está en tu ojo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás bien para sacar la brizna que está en el ojo de tu hermano”. Por regla general usamos este texto para hacer ver a los demás que no está bien criticar, ni sacar en falta los defectos de otros. Y eso es cierto, lo que pasa es que a veces ni siquiera se lo comentamos al interesado en sí. Jesús nos dice qué no debemos hacer, pero la Biblia en otro lugar nos dice qué sí debemos hacer.

Lo que hay que hacer.

En Proverbios 17:9 leemos algo interesante: “El que encubre la falta busca la amistad; el que la divulga, aparta al amigo”. En otra versión lo dice de forma más clara: “El que cubre una falta busca afecto, pero el que repite el asunto separa a los mejores amigos”. Esta es la otra cara de la moneda. No se trata de consentir en el pecado de otros, Jesús jamás actuó así. De hecho esto ya lo hemos tratado en otras ocasiones, el pecado de los “demás” y el de uno mismo, se habla en privado, con la/s persona/s afectadas, y así debe quedar, en secreto. A eso hace referencia el texto de Proverbios.

Lo que no debemos hacer es sacar la paja del ojo ajeno, “en público”, cuando a nosotros nos pueden sacar “una viga” del nuestro. Debemos practicar el hábito de hablar bien de los demás. Demasiado a menudo nos salen con más facilidad las críticas hacia otros que los elogios. Recordamos con frecuencia las palabras que dicen que Jesús acusaba el pecado, pero se nos olvidan las otras que dicen que Jesús jamás pronunció una palabra que fuese un peso para un alma apesadumbrada.

Hablar bien de los demás es algo que por desgracia va en contra de nuestra naturaleza, nos gusta chismorrear, nos gusta criticar, ¡para hacer justicia además! Pero nos cuesta mucho ser agradecidos y pronunciar palabras de elogio de forma más o menos constante. Por eso debemos trabajar para que esto sea un hábito, porque no lo suele ser en la mayoría de nosotros (¡y yo el primero!).

¿Cómo podemos conseguir hacer estas cosas siendo que estamos acostumbrados a lo contrario? El apóstol Pablo nos echa una valiosísima mano al respecto. Nos da la clave de lo que se llama AMP, Actitud Mental Positiva. ¿Dónde? En Efesios 4:8 “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto meditad”. Si tuviésemos tiempo, haríamos un ejercicio muy importante e interesante. Nos pondríamos a pensar en aquellas personas que nos caen francamente mal. En ese momento habría que hacer un esfuerzo, y pensar en una cualidad positiva de esa persona, ¡seguro que encontramos alguna! Pues en eso es en lo que debemos meditar, lo que hay que comentar con otros (los “defectos” se comentan personalmente, recordemos Mateo 18), esas virtudes son las que hay que potenciar.

Sé que cuesta, pero debemos fijarnos lo menos posible en las faltas y errores de los que nos rodean (a no ser que sea para comentar bis a bis, y luego olvidar el asunto). El pecado es una enfermedad que nos plaga, nos contagia de todo lo malo. Muchas enfermedades necesitan una terapia que incluye el ejercicio de la voluntad. Este caso no es menos. Cuando sintamos deseos de “lamentarnos”, de “desahogarnos” con el vecino de al lado por lo malo que se nos ha hecho, por lo que se nos ha dicho, deberíamos sacar fuerzas, no para callar, que eso es lo que como mucho solemos hacer. Si callamos hemos “tapado” la válvula de escape, y la olla a presión aún se “hincha” más, con lo que la postrer fuga será más violenta, por habernos reprimido. Así no se soluciona. Deberíamos echar agua fría para bajar la presión, es decir, hacer lo contrario de lo que nos apetece. Deberíamos de tomar y hablar de aquello positivo que vemos en esa persona que estábamos a punto de criticar.

El agradecimiento.


Dice el refranero: “Es de bien nacido ser agradecido”. Sé de personas que de forma natural, con cualquier motivo encontraban excusa para orar a Dios dando gracias. No importa quién estuviese delante, creyente o no, contagiaba felicidad y gratitud, y del modo más natural decía: “Estoy tan feliz de haberte visto (o cualquier otra excusa) ¿qué te parece si le damos gracias a Dios?” Prácticamente nadie se niega a esta invitación. El agradecimiento a Dios por todo lo que ha hecho por nosotros debe ser constante en nuestra mente. De este modo nos parecerán pequeñeces lo que los demás nos puedan “supuestamente” hacer.

Estar ocupados.


Otra herramienta para no caer en el error de la paja y la viga es no estar ociosos. Dice el refrán que cuando la vaca (o el burro) no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo. Nosotros, cuando nos sobra “tiempo”, matamos hermanos, compañeros y vecinos con la “sinhueso”. Si nos mantenemos ocupados con actividades, en el trabajo, en casa, en la iglesia, etc. buscaremos ayuda en los demás, en vez de buscar (y por supuesto encontrar) defectos. Hablar mal es una maldición doble, que recae de forma más pesada sobre el que la pronuncia que sobre el que la escucha. Ambas cosas están mal.

Hoy estoy muy refranero. Otro refrán dice: “El que siembra vientos, cosecha tempestades”. Pero eso mismo ya lo dice la Biblia. Dice Proverbios 22:8 “El que siembra iniquidad segará maldad, y la vara de su ira será destruida”. Otros pensamos que con nuestro razonamiento, nos justificamos para poder hablar sobre otros. Pero Pablo nos advierte en Gálatas 6:7 “No os engañéis; Dios no puede ser burlado. Todo lo que el hombre siembre, eso mismo cosechará”.

Cuando alguien se ejercita en buscar lo negativo, los defectos en los demás, se potencian malos rasgos en uno mismo (la crítica, la rigidez, la intolerancia, etc.) Pero si uno se ejercita en buscar los buenos rasgos o aspectos de los demás, sucede lo contrario. Somos lo que comemos. Nuestro carácter se alimenta de aquello en lo que meditamos y hablamos. Si busco la paja en el ojo ajeno, yo acabo teniendo una viga en el ojo propio. Si busco la flor en ojo ajeno, acabaré teniendo un jardín en mi vida.

Contemplar a Cristo.


Hermanos, cuántas veces se nos ha dicho que necesitamos meditar acerca de la vida de Jesús cada día. Incluso se ha afinado diciendo que deberíamos meditar cerca de una hora cada mañana. ¿Por qué? Pablo de nuevo tiene la respuesta en 2 Corintios 3:18 “Por tanto, nosotros todos, mirando con el rostro descubierto y reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en su misma imagen, por la acción del Espíritu del Señor”. En la medida en la que contemplemos a Cristo, seremos transformados a su imagen. Debemos hacer lo mismo con los que nos rodean, contemplar las virtudes, “encubrir” el error, (repito que no es tolerarlo, sino hablarlo en privado, y luego enterrar el asunto sin que nadie más lo sepa). Si por el contrario, contemplamos otras cosas, seremos transformados a imagen de esas cosas que tanto ocupan nuestro pensamiento y conversación. Por este mismo motivo, Pablo un poco más adelante afirma en 2 Corintios 5:17 “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.

Indiferencia.


Por demás, descubro que soy indiferente con los que me rodean. A menudo nos preocupamos tanto del agravio que nos han hecho a nosotros, de mi dolor, mi agravio, mi afrenta¸ y tenemos tantos deseos de que los demás lo sepan, que con frecuencia se nos olvida que los demás también necesitan palabras de ánimo como nosotros. Esto sucede en el puesto de trabajo, y en muchos otros lugares. Es nuestro deber hacer saber que tenemos simpatía por ellos, y que oramos por ellos, es más, deberíamos hacerles saber que oramos por ellos.

Es cierto que entre los profesos seguidores de Cristo hay quienes no son discípulos verdaderos. De sobra recordáis la parábola del trigo y la cizaña. ¡Y cuán a menudo la mencionamos entre nosotros! Pero se nos olvida la respuesta del Señor del campo en Mateo 13:29 y 30 cuando le pidieron permiso para arrancar la cizaña: ¡Dejad que crezcan juntos, no sea que arranquéis también el trigo! Hasta que Jesús regrese, habrá trigo y cizaña en la iglesia. No es nuestra labor separar lo uno de lo otro.

Jesús es nuestro ejemplo en todo ¿no es así? Jesús sabía desde el principio quién era Judas y lo que iba a hacer, sin embargo, no lo echó de su equipo de trabajo. ¿Debería ser causa de sorpresa o de desaliento el que haya hoy hipócritas entre los obreros de Cristo? Si Jesús sabía quién era Judas y lo que iba a hacer, y aún así le dio las mismas oportunidades que al resto de los discípulos, ¿por qué nosotros no vamos a hacer lo mismo con los que yerran? Tengamos presente que esos que “yerran”, los que nos equivocamos, ni siquiera llegamos a ser como Judas.

Seamos como Cristo.


El impetuoso Pedro, que estaba dispuesto a morir por su Maestro, seguro de sí mismo, aparentaba a menudo ser inferior a Judas. Es más, Jesús reprendió a Pedro más veces que a Judas. Sin embargo, ¿quién tuvo una vida de servicio y sacrificio? En la medida en la que nos sea posible, debemos ser para los demás como Jesús fue para sus discípulos mientras estuvo aquí en la tierra.
Considerémonos como misioneros, principalmente ante los compañeros de trabajo, que a fin de cuentas es con quienes pasamos más horas al cabo del día. A menudo cuesta mucho tiempo trabajar y ganar un alma para Cristo. Recordemos el texto de Lucas 15:7 “Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento”. ¿Pueden entonces los ángeles alegrarse cuando nos ven indiferentes ante los que nos rodean? Si Jesús nos tratara como nosotros nos tratamos los unos a los otros con frecuencia, ¿quién de nosotros sería salvo?

Debemos recordar que no podemos leer el corazón, mientras que Dios sí lo hace. No conocemos los motivos que llevan a las personas a hacer las cosas, que nos pueden parecer malas acciones. Hay muchos que somos toscos, secos en el trato con los demás, yo el primero, pero eso puede ser a causa de muchas circunstancias, la educación, la vida, etc. La gracia de Cristo ya está trabajando en nosotros para evitar estas cosas. A menudo pensamos “se merece que le digan esto y lo otro”. Y eso precisamente puede acabar de romper los ya estrechos lazos que unen a esa alma con la iglesia o con el Salvador, ¡menos mal que nuestras intenciones eran las mejores!

Dice la pluma inspirada: “La vida consecuente, la sufrida prudencia, el ánimo impasible bajo la provocación, son siempre los argumentos más decisivos y los más solemnes llamamientos”.

Cuando antiguamente se sellaba o lacraba una carta, se derretía un poco de cera o lacre en el sobre. Si se deseaba que el sello quedase bien grabado, legible, se oprimía suavemente y durante un tiempo, hasta que la cera se endurecía, y quedaba el sello marcado. Si se hacía de golpe, como hacemos hoy día con los “matasellos” o “tampones”, se estropeaba la cera, no quedaba la marca del sello de la forma deseada. Lo mismo sucede con las personas. No se trata de dar un “golpe seco”, una frase “supuestamente espetada en un momento oportuno”. Esto puede hacer más daño que otra cosa. El secreto del éxito que consigue un cristiano está en la influencia continuada, paciente, como el sello sobre la cera blanda. Eso es lo que hizo Cristo con sus discípulos durante tres años y medio.

Algunos dicen, y con razón que Jesús en algún momento se enojó, con “santa ira”. Pero no lo andaba haciendo día sí y día también. Precisamente porque era algo excepcional y muy puntual, es recogido en los evangelios. No nos da permiso para andar espetando nuestra opinión a los demás si quiera una vez al mes. Debemos influir para bien. Hablar lo desagradable a solas y con mucho cariño. Debemos exponer sincera y tranquilamente lo que hemos experimentado, para que nos aclaren el por qué. Esto nos hará ser una influencia positiva entre nuestros compañeros de trabajo.

Hasta que Jesús regrese, no sabremos cuánto influimos para bien o para mal en los que nos rodearon. Entonces nos llevaremos una sorpresa. Cuando nos agravian la reacción natural es expresar indignación. Y la persona que cometió la falta, se prepara para la reprimenda, se pone el “impermeable”. Pero, si vamos con otro talante, romperemos la barrera de hielo que se ha puesto por en medio. Dice Proverbios 15:1 “La respuesta suave aplaca la ira, pero la palabra áspera hace subir el furor”. Es más, lograremos que otros deseen seguir ese mismo tipo de conducta ejemplar, llena de paz que no se puede perturbar ni con una mala acción.

Conclusión.


Pablo nos resume de forma magistral el tema de hoy en Gálatas 6:1―2 “Hermanos, aun si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradlo en un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Llevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo”.

Debemos recordar que como hijos e hijas de Dios, deberemos tratar con todo tipo de personas, toscas, refinadas, humildes, orgullosas, creyentes, escépticos, educados, ignorantes, ricos y pobres. Es imposible tratar a todos de la misma manera, con el mismo patrón, pero todos necesitan bondad y simpatía (que repito no son risitas ni hacerse el gracioso). Esta labor de paso nos refinará a nosotros mismos. Dependemos los unos de los otros para ir mejorando y alcanzar la idoneidad para el cielo. El mero hecho de convivir con los demás, de relacionarnos con los que nos rodean debería de ser un medio más para alcanzar almas y llevarlas a Cristo, si estamos santificados por el Espíritu Santo.

Observemos al Maestro, para aprender a fijarnos en lo bueno de los demás, y así cada vez ser más semejantes a nuestro Salvador. Busquemos la flor en el ojo ajeno, y tendremos un hermoso jardín en nuestra vida.

¡Amén! Feliz sábado.
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